Tenía a medio escribir un borrador sobre la existencia superflua y mal sonante del verbo “exilar” y la locución “puede ser posible”, sin embargo, a veces la realidad golpea con fuerza y deja sin respiración. El impacto es helado como un opresivo puño de escarcha que aprisiona el pecho y dificulta los latidos del corazón.
Ayer, mientras mi mirada se perdía en un mar ocre de ondulantes colinas salpicado de rocosas islas grises, mi mente vagaba en la distancia intentando abarcar lo inconmensurable. Entonces comencé a percibir de una manera quieta y abrumadora la enorme magnitud de cuanto me rodeaba, el escasísimo espacio a mi alcance, los brevísimos instantes de tiempo que supone mi existencia. Como un grano de arena en el desierto, como una partícula de polvo de estrellas en la inmensidad del universo sentí el vibrante pulsar de la naturaleza, inexorable y extraño.
Comprendí también cómo en ese preciso momento había miles de millones de otros pensamientos y cómo el mío era absolutamente irrelevante entre todos ellos, mi vida, insignificante entre otros miles de millones de vidas que son sólo unas pocas de entre las que fueron y las que serán. Así, noté como aumentaba la distancia que me separa de todos y cada uno de los que me rodean y me invadió una amarga soledad, eterna y cruel compañía que a veces se divierte haciéndome creer que se aleja para luego dar un tirón a la cadena que nos une y agitarla ante mí con una carcajada indolente para mostrar que tiene menos eslabones que nunca.
Esta entrada del blog no es un lamento gratuito, es lo poco que puedo ofrecer a las personas que me soportan con más frecuencia y alguna que otra vez han encontrado en mí un muro de silencio y una mirada perdida u otra ingratitud semejante. Es por vosotros (algunos leeréis esto, otros no) por los que despertarse cada mañana conserva todavía algo de sentido.


