Entrar un sábado a las 17.30 a la National Gallery de Londres no es muy buena idea. Seleccionar un pequeño grupo de salas que visitar en la media hora restante hasta el cierre es una obligación. Pero al atravesar las habitaciones que conducen hasta las elegidas es inevitable sentir un dolor extraño, como al pasar de largo ante viejos amigos sin detenerte a saludarlos afectuosamente o al perder sin remedio la posibilidad de conocer a otros nuevos.
Esto pensaba al iniciar mi última visita cuando de repente sentí cierto desasosiego y nerviosismo y sin querer me precipité de una habitación a otra. Canaletto, retratos ingleses, Guido Reni y Caravaggio, Constable y Turner. Todo merecía más atención de la que podía y conseguía prestarle. Sin embargo, al acceder al espacio dedicado a Van Gogh y Cézanne un óleo atrajo mi mirada y, golpeando mis sentidos, detuvo al fin mi alocada carrera.

Hay una fuerza misteriosa en las pinceladas de apariencia brusca del maestro holandés, en su dramatismo sinuoso, en el marcado contraste entre lo definido y lo difuso. Hay algo mágico en el colorido dinamismo expresivo y en la forma sorprendente de crear texturas. Me fijé una vez más en la composición, en el tratamiento de cada uno de los elementos y lo asombrosa que resulta la diferencia entre el aspecto local de cada zona del cuadro y el resultado global.
Al autor también debió de gustarle este paisaje porque es copia de otra que él mismo había pintado un poco antes ese año y que se conserva en el Metropolitan de Nueva York.
Menos de un año después de plasmar este “Campo de trigo con cipreses” cercano a Saint-Rémy, Van Gogh se adentraba en otro no muy lejos de París que le resultaría mucho más letal: en él se pegaría el tiro que acabaría con su vida.
Y es que los genios también son hombres.






