No me gustan demasiado las series de televisión que pretenden ser “reales como la vida misma”. Suelen tener cierto fondo moralizante disfrazado de naturalidad aplastante que me parece detestable.
En las últimas semanas, sin embargo, he visto un par de capítulos sueltos de la serie de Antena 3 que cerraba temporada el pasado domingo: “Doctor Mateo” y le reconozco cierto encanto. El paraje natural en que se desarrolla (una apuesta arriesgada para la producción) es algo que yo agradezco infinitamente, esas casitas abigarradas en calles empinadas, el mar y las verdes colinas…
También me agrada la interpretación directa y poco afectada de sus protagonistas, desde el papel serio, un poco envarado, pero ingenuo y quizá hasta idealista de Gonzalo de Castro, hasta la seductora candidez de María Esteve.
Por otro lado, la ficción que relata no es demasiado pretenciosa y me parece centrada más en los personajes individualmente que en una serie de conflictos sociales.

En el último capítulo, Mateo reprochaba a su tía (de unos cincuenta y largos) el haberse liado con un tipo más joven, a lo que ésta respondía con cierta frescura, que mejor arriesgarse un poco, que vivir la vida como él, dejando los trenes pasar.
Me sentí identificado con el doctor, como si la crítica me la hiceran a mí. También yo soy de los que dejan los trenes pasar. A veces pienso que me llevarán a un lugar equivocado por un camino irreversible, otras, no tengo idea alguna de adónde conducen y mi propia cobardía me impide tomarlos. Incluso hay ocasiones en las que soy incapaz de ver que hay un tren esperando y sólo me doy cuenta cuando es ya demasiado tarde y hace mucho que partió.
Pero hace tiempo que tengo la sensación de estar melancólicamente sentado en un banco de la estación, observando al resto de los viajeros en su tránsito, como suben y bajan de los vagones, unas veces tristes y otras alegres, mientras yo espero y espero el anuncio de un tren que no sé si ha de venir.






