de Prada y el “Chiki-chiki”

27 04 2008

Me parece increible, pero ha tenido que ser una columna de Juan Manuel de Prada la que desplace ligeramente mi opinión respecto al esperpento que supone la representación española en Eurovisión.

Mantengo una relación amor-odio con el de Prada columnista (al novelista no lo conozco). Por un lado me parece admirable que sustente en el panorama literario nacional con unas opiniones morales como las que suele exponer, por otro su estilo suele parecerme excesivamente rimbombante, barroquillo y empalagoso, pero sus defectos los encuentro también en mi mismo de una manera parecida (esto sería complicado de explicar, pero no estoy en absoluto comparando mi prosa con la suya).
Además intuyo por algún extraño motivo, que no debe ser ni la centésima parte de lo noño que a veces me parece.

Hasta esta mañana sentía una anodina repulsión hacia nuestro amigo Chikilicuatre. Me parecía vergonzoso que la gente apoyase algo tan sumamente dantesco para el “festival” europeo. También me solidarizaba con algunas críticas que observaban que unos pocos países todavía consideran Eurovisión como un posible trampolín musical para sus cantantes y burlarse de ellos de esta manera era una falta de respeto.

Aunque mi opinión no ha cambiado sustancialmente, el chantaje emocional ejercido por de Prada al mencionar a su hija y el modo simple y clarividente con que los niños ven el mundo ha hecho virar de alguna manera mi punto de vista.

Es cierto que la caspa televisiva nos inunda de tal manera que merecemos que se rían de nosotros mismos en nuestra cara. También es cierto que hay mucha música que asumimos como “digna” y que tiene miles de seguidores supuestamente serios en todo el mundo y no difiere del chiki-chiki en prácticamente nada. No veo problema en que nos “echemos unas risas” con esto.

Lo que verdaderamente me preocupa es que la sociedad es capaz de fagocitar toda esta basura y lo que es peor asimilarla hasta extremos insospechados. La capaz de discernimiento es tan reducida que, aunque nos reimos de Chikilicuatre, no somos capaces de reconocer esa autocrítica de la que habla de Prada.

EurovisionMi gusto por la estridencia es limitado: aunque nunca he puesto interés en él, prefería cuando Eurovisión era un programa con cancioncillas entretenidas y un resultado previsible.

De momento, he conseguido evitar la ridícula invasión “chikilicuatriana” y no he visto un sólo segundo de su actuación. No me juzguéis mal, no es por esnobismo, tarde o temprano tendré que enfrentarme a él y no opondré resistencia alguna. No, mi problema no es de paladar exquisito, sino de estómago sensible.




Comentario: Asesinato en el Orient Express

23 04 2008

Me gustan viajar y me gusta el mundo del ferrocarril. No soy un “aficionado clásico” en el sentido de que nunca supe nombres de locomotoras, ni cuál desarrolla más potencia o cuál más velocidad. Tampoco sé de fabricantes de vagones o coches. Sin embargo, aprecio el encanto que tiene llegar a una estación, mirar los horarios, sacar los billetes, ver los trenes llegar y partir, observar a los viajeros…

Quizá hoy día esto haya perdido un poco de brillo porque el vertiginoso ritmo de la vida afecta de una manera muy directa a los transportes, pero a veces me gusta soñar con la época dorada del ferrocarril, las decimonónicas Gare parisinas atestadas de gente, o la Victoria Station recibiendo en sus andenes a las personalidades más importantes del momento.

El Orient Express es un elemento “de culto” para los aficionados y ya le dediqué unas lineas en mi antiguo blog. Aunque no he leido el famosísimo “Diez negritos” al que hacía referencia pantarei en su comentario al post anterior, es cierto que los relatos de Agatha Christie no pasan de entretenidos. Además, los que tienen como protagonista a

Hercule Poirot suelen ponerme nervioso porque la resolución del misterio pasa por conocer una serie de detalles o realizar una serie de hipótesis que finalmente resultan acertadas que el belga suele sacar de la manga ante el atónito lector.

A pesar de ello, la ambientación y puesta en escena de “Asesinato en el Orient Express” me parecen particularmente notables: el hecho de que todo transcurra en un tren (del que a causa de una nevada nadie puede entrar ni salir), que el tren esté detenido en un lugar inaccesible y “poco civilizado”, los personajes “asistentes” del director de la compañía y el médico griego, la maraña de sospechosos cada uno con sus peculiaridades…

Y, efectivamente, esa “presentación” tan teatral hace que la adaptación cinematográfica resulte especialmente interesante. Sólo el reparto ya hace preguntarse sobre la conjunción astral que consiguió reunir a Lauren Bacall, Ingrid Bergman, Anthony Perkins, Sean Connery y Richard Widmark en la misma cinta. Eso sólo por mencionar a los más relevantes: casi todos los actores de la película fueron o han sido profesionales de fama internacional.

La película no resultó indiferente a la Academia que la nominó en seis categorías (incluyendo mejor actor en papel principal) y otorgó la estatuilla de mejor actriz de reparto a Bergman por la interpretación de la peculiar misionera sueca Greta Ohlsson.
En definitiva una lectura y una proyección recomendadas.

Por cierto, tengo una versión con audio dual y subtítulos (creo) por si a alguien le interesa…




Fragmento: Asesinato en el Orient Express

21 04 2008

Ratchett habló a su compañero, quien se marchó inmediatamente. Luego se levantó, pero, en lugar de seguir a MacQueen, se sentó inesperadamente en la silla frente a Poirot.

- ¿Podría darme fuego? -preguntó. Su voz era suave, ligeramente nasal-. Mi nombre es Ratchett.

Poirot metió la mano en el bolsillo, sacó una caja de cerillas y se la dio.

- Creo que tengo el placer de hablar con monsieur Hercule Poirot. ¿No es así?

- Ha sido usted correctamente informado, señor.

El detectivo advirtió la mirada astuta que lo evaluaba.

- En mi país vamos directamente al grano - añadió Ratchett -. Quiero que haga un trabajo para mí.

Las cejas de monsieur Poirot se elevaron ligeramente.

- Ma clientèle, señor, es bastante limitada. Me ocupo de muy pocos casos.

- Eso me han dicho, monsieur. Pero en este asunto hay mucho dinero -manifestó, para después repetir con su voz dulce y persuasiva-. Mucho dinero.

- ¿Qué es lo que desea usted que haga, Mr… Mr. Ratchett? -preguntó el belga, después de una pausa.

- Monsieur Poirot, soy un hombre rico, muy rico. Los hombres de mi posición tienen muchos enemigos. Yo tengo uno.

- ¿Sólo uno?

- ¿Qué quiere decir usted? -replicó Mr. Ratchett.

- Monsieur, según mi experiencia, cuando un hombre está en situación de tener enemigos, como usted dice, el problema no se reduce a uno solo.

Ratchett pareció tranquilizarse con la respuesta.

- Comparto su punto de vista -dijo rápidamente-. Enemigo o enemigos, no importa. Lo importante es mi seguridad.

- ¿Su seguridad?

- Mi vida está amenazada, monsieur Poirot. Pero soy un hombre que sabe cuidar de sí mismo. -Sacó del bolsillo de la americana una pequeña pistola automática que mostró un momento-. No soy hombre a quien pueda cogerse desprevenido. Pero nunca está de más redoblar las precauciones. He pensado que usted es el hombre que necesito y recuerde que hay mucho dinero de por medio.

Poirot le miró pensativo unos minutos. Su rostro era completamente inexpresivo. El otro no pudo adivinar qué pensamientos pasaban por su mente.

- Lo siento, señor -dijo al fin-. No puedo complacerle.

Ratchett le miró fijamente.

- Entonces dígame usted su cifra.

- No me comprende usted, señor. He sido muy afortunado en mi profesión. Tengo suficiente dinero para satisfacer todas mis necesidades y mis caprichos. Ahora sólo acepto los casos que me interesan.

- ¿Le tentarían a usted veinte mil dólares?

- No.

- Si lo dice usted para conseguir más, le advierto que pierde el tiempo. Sé el precio de las cosas.

- Yo también Mr. Ratchett.

- ¿Qué encuentra usted de malo en mi proposición?

Poirot se puso en pie.

- Si me perdona usted, le diré que no me gusta su cara Mr. Ratchett.

Y acto seguido abandonó el vagón restaurante.

 

Final del Capítulo III




Profesores que cuidan tu linea

16 04 2008

Suelo quejarme de la excesiva curvatura de mi zona abdominal. Supongo que es normal debido a que no cuido mucho lo que como y hago más bien poco ejercicio.

Una de mis tentaciones usuales consiste en acercarme a las máquinas expendedoras de porquerías en alguno de los descansos después de las seis y comprar algo de merendar, las opciones son variadas: un kit-kat, una palmera, un cola-cao (energy, por supuesto, que las clases son muy duras), un zumo…

Sin embargo, algunos de los docentes del centro en el que estudio tienen a bien fagocitar el descanso (e incluso, si se tercia, pasarse de la hora asignada cinco o diez minutos). Este comportamiento podría parecer desconsiderado y abusivo, pero, ¡nada más lejos de la realidad! Lo que en realidad pretenden es ayudar en la ardua tarea de reducir ese panículo adiposo que tanto me fastidia.
Incluso diría que intentan preservar mi maltrecha economía, evitando que gaste mis exiguos ahorros en esos enjendros engendros mecánicos dispensadores de calorías cuyos precios son ridículamente caros.

¡Cuán dura y poco reconocida labor!




Pretty Woman

14 04 2008

Cuando hace algunas noches llegué a casa y vi a Vivian Ward en una suite del Beverly Wilshire Hotel no pude resistirme a ver esta película por cuarta, quinta o sexta vez.

Aunque Richard Gere nunca me cayó demasiado bien, el poder de atracción que Julia Roberts tiene sobre mí, nubla a cualquier co-protagonista que la acompañe, incluso consiguió que Hugh Grant dejase de parecerme tan estúpido en Notting Hill.

Reconozco que la película se puede interpretar con connotaciones sexistas. Eso del “príncipe” culto, rico y elegante que salva a la prostituta de la calle y hace realidad sus sueños… en fin.

De todos modos yo soy altamente iluso y no pocas veces veo las cosas desde un punto de vista mucho más sencillo e inocente. A veces incluso pienso que este tipo de sueños de hollywood me han hecho un poco de daño emocional.

Hay, sin embargo, otros detalles en la película que siempre me llamaron la atención. Esa “impecabilidad” sin rastro alguno de violencia de los empleados del hotel, por ejemplo. El gerente se muestra, además, capaz de ver un poco más allá de las simples apariencias con un comportamiento que roza la difusa frontera entre lo profesional y lo personal.

O la idea de que, independientemente de lo burda que sea la educación de una persona, siempre hay un punto de sensibilidad “artística” dentro del ser humano (aunque quizá la escena de la ópera sea un poco exagerada).

Quizá lo que más me gusta de la cinta, es cómo expresa que, sin importar cuanta mierda pienses que tienes alrededor, siempre puedes hacer algo en la lucha por salir de esa situación y encaminarte hacia el lugar donde te gustaría estar.




Paolo Veronese y Las Bodas de Caná

7 04 2008

 

En la pared de la Salle des Etats opuesta a la que alberga al famosísimo “Retrato de Lisa Gherardini”, se puede observar un cuadro que permanece sorprendentemente ignorado por la mayoría los visitantes (que prefieren fijar su atención en la manida obra de Da Vinci). Es el inmenso lienzo de Veronese que presenta el pasaje evangélico de las Bodas de Caná como una gran fiesta veneciana del Renacimiento.

Es un trabajo de innegables y espectaculares contrastes que fue encargado para el refectorio del monasterio benedictino de San Giorgio Maggiore proyectado por Palladio. Llegó a Francia como tantas obras de arte saqueadas por las tropas Napoleónicas y nunca fue devuelto.

Podría pasar horas mirando esta pintura y sus detalles, los personajes, los animales, los utensilios… Pero está a casi mil quinientos kilómetros así que me conformo con contemplar una especie de tapiz no menos impresionante (al menos en proporción) que versiona (con dimensiones y población reducidas) la obra del italiano y “cuelga” del salón de una buena amiga.




Leónidas en el Parlamento

3 04 2008

Escribí este post esta mañana, pero algún extraño motivo le di a guardar en lugar de a publicar: 

Nunca veo la tele por las mañanas. En realidad, últimamente no veo la tele casi nunca. Pero esta mañana estaba haciendo una prueba de sintonización de televisión digital con una antena externa y me encontré a Rosa Díez en TVE.
Sólo vi los últimos minutos de la entrevista, pero creo que es la única persona del panorama político nacional que no me provoca inmediatamente una búsqueda compulsiva de los botones “Prog+” y “Prog-” del mando a distancia.

Me sorprenden su valentía y su prudencia, su movimiento contracorriente y su apertura. Se ha enfrentado a situaciones muy duras y sin embargo no parece hastiada ni consumida personalmente. Su actitud es tan diferente a la de cualquier otro que incluso consiguió que en las últimas elecciones me dieran ganas de votarla (aunque finalmente no lo hice).

La última pregunta de la ronda que correspondía a los colaboradores del programa la hizo Victoria Prego. Se refirió al hecho de que con un único escaño, su partido lo va a tener difícil para exponer si quiera sus revolucionarias propuestas porque se le concederán muy pocas intervenciones en el hemiciclo y le preguntó si pensaba que algunos de los partidos mayoritarios estaría dispuesto a escuchar o actuar.
La respuesta de la diputada de UPyD fue que ya mucha gente le dijo que era imposible que consiguiesen abrirse hueco en el congreso y ahí están, que no se desanimaba ante nada.

Y acabó con una broma: “Mira lo que consiguió Leónidas en Termópilas con 300, y nosotros tenemos más de 300.000 [votos].”

This is the attitude babe.




El Último Terceto

31 03 2008

Como ya he dejado entrever, el soneto es mi forma poética preferida. La palabra “forma” puede resultar engañosa, porque en mi opinión es más que una mera estructura rítmica.

Los sonetos en la literatura española son innumerables, especialmente durante los siglos XVI y XVII, aunque también los hay en otros idiomas como el francés o el inglés (Shakespeare fue un claro exponente).

La brevedad del soneto requiere cierta concisión que no es fácil de conseguir y aun así algunos representantes del conceptismo logran una abrumadora carga semántica en algunas de estas composiciones.
Los hay que destilan maestría con una única lectura.

Pero es en el último terceto, una especie de climax compositivo, donde el soneto realmente se la juega. Un soneto aceptable puede echarse a perder en los tres últimos versos y uno mediocre puede salvarse sorprendentemente con una resolución airosa. Por supuesto, ningún soneto puede rozar la perfección que antes comentaba si el final no alcanza ese momento incomparable.

Habrá más sobre sonetos, pero de momento os dejo uno de Boscán que, en ocasiones, siento muy cercano (y conste que el encabagalmiento resta “redondez musical” por lo general):

Dulce soñar, y dulce congojarme,
cuando estaba soñando que soñaba;
dulce gozar con lo que me engañaba,
si un poco más durara el engañarme.

Dulce no estar en mí, que figurarme
podía cuanto bien yo deseaba;
dulce placer, aunque me importunaba,
que alguna vez llegaba a despertarme.

¡Oh sueño, cuanto más leve y sabroso
me fueras, si vinieras tan pesado
que asentaras en mí con más reposo.

Durmiendo, en fin, fui bienaventurado
y es justo en la mentira ser dichoso
quien siempre en la verdad fue desdichado.




Vigeé-Le Brun

25 03 2008

Hay centenares de pintores en la historia del arte. Eso explica que a las escuelas e institutos de este país (que de todos modos nunca tuvo una educación muy selecta) sólo hayan llegado un puñado de los considerados “grandes genios” y de estos sólo unas pocas de sus “grandes obras”, como si Da Vinci sólo hubiese pintado la Gioconda (aunque ahora mucha gente conoce también las dos versiones de “La Virgen de las Rocas”, a Dan Brown gracias) o Velázquez sólo hubiese pintado “Las Meninas”.

No creo que la pintura de Elisabeth-Louise Vigeé-Le Brun deba reemplazar a las reproducciones de los frescos de la Capilla Sixtina en los libros de historia, ni tampoco que algunos de sus innumerables retratos representen su época mejor que los inmensos lienzos de Jacques-Louis David, pintor “oficial” del Imperio Napoleónico. Incluso podría llegar a sospechar que parte de la relevancia que actualmente se le otorga en el XVIII francés se debe al hecho de ser una mujer (la paridad y esas cosas, ya sabéis).

A pesar de ello, su estilo delicado y natural merece cierta atención por parte de cualquier aficionado a la pintura. Apunto especialmente a este “Autorretrato con su hija”, pintado en el año de la revolución francesa.

Es un poco cursi, lo admito, pero, ¿no es también entrañablemente tierno y conmovedor?

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Fugacidad

24 03 2008

Una entrada en el blog de pantarei me hizo recordar algunos de los magistrales sonetos del barroco español. Especialmente los de Francisco de Quevedo.

Aunque hay otros que tratan el Tiempo en su carácter destructor de una manera mucho más explícita, “A Roma sepultada en sus ruinas” tiene un toque paradójico que siempre me gustó:

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!
y en Roma a Roma misma no la hayas:
cadáver son las que ostentó murallas
y tumba de sí proprio el Aventino.

Yace donde reinaba el Palatino,
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades, que blasón latino.

Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepoltura
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma! En tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permance y dura.


Llama la atención que aquella misma pluma pergeñase el mucho más famoso “Amor constante más allá de la muerte”:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.