La fuerza del pincel

31 10 2009

Entrar un sábado a las 17.30 a la National Gallery de Londres no es muy buena idea. Seleccionar un pequeño grupo de salas que visitar en la media hora restante hasta el cierre es una obligación. Pero al atravesar las habitaciones que conducen hasta las elegidas es inevitable sentir un dolor extraño, como al pasar de largo ante viejos amigos sin detenerte a saludarlos afectuosamente o al perder sin remedio la posibilidad de conocer a otros nuevos.

Esto pensaba al iniciar mi última visita cuando de repente sentí cierto desasosiego y nerviosismo y sin querer me precipité de una habitación a otra. Canaletto, retratos ingleses, Guido Reni y Caravaggio, Constable y Turner. Todo merecía más atención de la que podía y conseguía prestarle. Sin embargo, al acceder al espacio dedicado a Van Gogh y Cézanne un óleo atrajo mi mirada y, golpeando mis sentidos, detuvo al fin mi alocada carrera.

wheatfield

Hay una fuerza misteriosa en las pinceladas de apariencia brusca del maestro holandés, en su dramatismo sinuoso, en el marcado contraste entre lo definido y lo difuso. Hay algo mágico en el colorido dinamismo expresivo y en la forma sorprendente de crear texturas. Me fijé una vez más en la composición, en el tratamiento de cada uno de los elementos y lo asombrosa que resulta la diferencia entre el aspecto local de cada zona del cuadro y el resultado global.
Al autor también debió de gustarle este paisaje porque es copia de otra que él mismo había pintado un poco antes ese año y que se conserva en el Metropolitan de Nueva York.

Menos de un año después de plasmar este “Campo de trigo con cipreses” cercano a Saint-Rémy, Van Gogh se adentraba en otro no muy lejos de París que le resultaría mucho más letal: en él se pegaría el tiro que acabaría con su vida.
Y es que los genios también son hombres.





Porque Tú Vuelves

26 10 2009

El pasado jueves, como suele ocurrir hacia el final de cada semana, me detuve en una estación de servicio para repostar gasolina. Desde que se encendió el indicador luminoso de la reserva pasé por una Repsol y una BP (normalmente más barata), pero preferí no entretenerme y finalmente paré en una CEPSA de vuelta a casa. En caja me preguntaron si tenía tarjeta de puntos y como respondí negativamente, me dejaron un folleto informativo del programa de fidelización de la marca. Ya me había ocurrido otras veces, pero siempre he pensado que sería inútil rellenarlo. Esta vez me detuve a hacer las cuentas (debe ser que la crisis me ha vuelto miserable).

Veamos. Cada litro de carburante son 5 puntos descuento. También se acumulan puntos en las tiendas de las gasolineras (rara vez compro en ellas) y con las botellas de butano (pero en casa tenemos gas natural). En una semana normal, con los trayectos a la universidad, a las clases particulares y alguna salida al centro el fin de semana, suelo gastar unos 15 litros de 95. Eso supone 300 puntos al mes, 3600 al año. Leo en la siguiente página que al repostar en tu “estación de servicio habitual” (en la que entregas tus datos) se obtiene un 40% adicional de puntos. Ah, qué bien, eso transforma los 3600 anuales en 5040.

Perfecto. ¿Qué puedo hacer con los puntos? Extiendo el folleto buscando esta información y en la cara interna encuentro el siguiente cuadro:

porquetuvuelves

Uhm, si los matemáticos no han cambiado la definición de proporción en los últimos días, mis cálculos me dicen que el ahorro es de… 5.04€ al año. Ridículo. Especialmente teniendo en cuenta que esa cantidad implica que no voy a usar ninguna otra gasolinera sobre la faz de la tierra.

Después de todo, quizá lo rellene y emplee esos cinco euros en pagar una parte de lo que Unicaja me cobra por el mantenimiento de las tarjetas, pero eso lo dejo para otra ocasión.





Chicago en el Cambridge Theatre

21 10 2009

Una de las actividades “programadas” en el viaje a Londres del pasado puente era asistir a un musical. En realidad, lo que estaba programado era que en un determinado momento del sábado nos acercaríamos al puesto de “tkts” de Leicester Square e investigaríamos si ofertaban alguna entrada que mereciera la pena.

Después de preguntarnos por qué hay tantos locales de venta de entradas a precio reducido en torno a la plaza (sólo en Charing Cross Road hay varios) y preguntar en uno de ellos, retornamos a nuestra idea original y adquirimos en “tkts” cuatro localidades de primer piso (dress circle) que aunque separadas en dos parejas, se encontraban bastante centradas en segunda y tercera fila. El precio tampoco estuvo mal, 32£ en lugar de su precio habitual de unas 60. El musical, Chicago.

Chicago

La escenografía era bastante sencilla: un sólo decorado en forma de grada donde estaban los instrumentistas y el director, algunas partes móviles y poco atrezzo (un par de sillas, algunas armas). Los intérpretes buenos, aunque ninguno destacaba especialmente ni como actor ni como cantante (quizá el marido de Roxie y su “Mr. Cellophane”). A pesar de esto el resultado global es un musical muy entretenido. Las canciones, las coreografías, la forma de llevar a cabo las escenas, el director de orquesta saltarín…

Es inevitable comparar con la película de Rob Marshall que tuvo presupuesto de superproducción, una puesta en escena espectacular y un reparto de “superestrellas” (Catherine Zeta-Jones, Renée Zellweger, Richard Gere) y… también toda la postproducción que creyesen necesaria. Me gusta mucho esa cinta, pero la música y la interpretación en directo tienen una cercanía y una capacidad de emocionar muy distintas a las del cine.

Incluso aunque no sea técnicamente brillante, merece la pena, sin embargo, yo no podría haberme permitido las 60£ de la entrada. Tendré que esperar un premio de lotería si algún día quiero ver “El fantasma de la ópera” o “Los Miserables”…





Una encuesta

20 10 2009

Por motivos ajenos a mi voluntad, ayer me quedé con una hora en blanco entre las seis y las siete de la tarde. Como estaba en el centro, aproveché para dar una vuelta por las secciones de música y libros de El Corte Inglés. A la salida, una chica de enchaquetado uniforme me interceptó y cuando ya tenía preparada la respuesta estándar para los promotores de la tarjeta de compras (“lo siento, no tengo nómina”), me preguntó: “¿perdona, puedo hacerte una encuesta?”.

Mi opinión general es que este tipo de estudios no sirve para nada, que la mayoría de las empresas o instituciones que los realizan tienden a publicitar los datos que les favorecen frente a sus competidores o de cara a la sociedad y obvian las críticas. Año tras año me he preguntado a qué lugar olvidado y remoto irán a parar los resultados de la encuesta de evaluación del profesorado de la Universidad de Málaga…

Sin embargo, también pienso que si fuese yo el que ha encargado que se recopilen esos informes, me gustaría una respuesta clara y sincera que me permitiera mejorar mi trabajo. Por eso (y porque todavía quedaban algunos minutos de ese “tiempo muerto”) me dejé preguntar.

Nada excepcional. Valore del 1 al 5, valore del 1 al 10, sí o no… y alguna pregunta curiosa (¿cómo valoras los baños? ¿La ropa que llevas puesta es de El Corte Inglés?). Lo que más me gustó fue que pude expresar mi malestar relativo a un aspecto del trato al cliente. La empresa tiene fama de una atención esmerada e impoluta, pero cuando he ido acompañado de mis padres siempre me atienden mucho mejor que cuando voy solo, algo que me parece completamente injustificado.

¿Quién sabe? Quizá alguien en una oficina de Madrid lea las encuestas y decida utilizar los comentarios constructivamente antes de enviarlas al montón de papel para reciclar…





La chica que vivía atrapada en el medidor de maletas demasiado pequeño

15 10 2009

Acabo de volver de una escapada de puente a Londres. Hay varios temas sobre los que me gustaría escribir (tarde o temprano lo haré), pero no quería dejar pasar más tiempo antes de homenajear a la señorita que asistió el embarque del vuelo EasyJet Málaga – Gatwick con el que llegué a la capital del Reino Unido.

Con sólo acercarnos al mostrador ya disparó:

- ¡Uy, uy, uy! Lleváis más de un bulto. Sólo se puede pasar con un bulto y esas maletas son muy grandes, veremos a ver si caben. ¡Venga a probarlas!

Nosotros nos quedamos un poco sorprendidos de los modos, pero nos dispusimos a reorganizar el espacio para ver si los bolsos de las chicas nos encajaban en el equipaje y a comprobar nuestras maletas en la estructura metálica que se supone tiene las medidas máximas. La primera no entró.

- ¡Claro! Si es que se está viendo, es demasiado grande. Tienes que facturarla. ¡La siguiente!

La siguiente cumplía claramente las medidas, pero era demasiado gruesa.

- Esa puede pasar, ¡pero te las apañas como sea, la maleta tiene que caber! ¡Y además el bolso o lo metes dentro o tú verás lo que haces, pero sólo puedes pasar con un bulto!

Mi amiga pensó en voz alta “Bueno, intentaré meter todo en la maleta y luego cuando entre ya veré si puedo sacar algo”. Preocupada sobretodo por una réflex digital nueva que prefería llevar con ella por seguridad.

- ¡¡¡De eso nada!!! Al avión entras con un bulto nada más. ¡Te voy a estar vigilando, ¿eh?!

Me pareció el colmo, pero aún hubo más. Las dos últimas maletas tampoco entraban en el “medidor”. Aunque el volumen del “contenedor” no sobrepasaba los límites, la estructura de ruedas, apoyos y asas impedía que entrara por completo. Infeliz de mí, se me ocurrió sugerir:

- Voy a probar a meter primero un lado y luego el otro para que no se atasquen las ruedas.

- ¡No, no, no! ¡Si no cabe, no cabe! ¡Es que si haces eso entra cualquier cosa!

- Mujer, cualquier cosa, cualquier cosa… no. – se me ocurrió replicar, supongo que por la tensión del momento.

- ¡Uy! Es que tu no sabes la de gente que he visto yo, venga a empujar y a empujar. ¡Intentan meter cualquier cosa!

De acuerdo, al final pasamos por el aro. No queríamos problemas, nos íbamos de fin de semana. Queríamos pasarlo bien y supongo que siempre se tiene un poco de miedo de que te dejen en tierra.

Me parece lamentable que EasyJet quiera hacer caja con el equipaje de mano, pero al fin y al cabo, puedo entender que las normas son las normas y cuando compré los billetes, las acepté. Me quejaré por una vía oficial sirva de algo o no. Lo que me parece totalmente inadmisible es la chulería y la mala educación en el trato al cliente y como sé que en ese aspecto sólo me queda resignarme, sirva esta entrada de descargo.

Nota 1: a la vuelta, la mayoría de los pasajeros incumplían de un modo u otro las restricciones en el equipaje de mano, así que no les quedó más remedio que hacer la vista gorda. De nuestras maletas, sólo pidieron comprobar, la que en Málaga “claramente no cabía” y que una vez reorganizada era la única que entraba como un guante.

Nota 2: Londres es Londres y el mal rato que nos hizo pasar la encargada del embarque no me duró más de quince minutos. Como dije, me gustaría escribir pronto sobre puntos algo menos negativos…

Nota 3: Si algún compañero, jefe o subalterno de esta chica lee este post, tome como sugerencia dejar una barrita de All-Bran cada mañana en su mesa, taquilla o casillero.





Una vez más

1 10 2009

Desde que comencé a escribir el blog o, mejor dicho, desde que me mudé a wordpress, he publicado posts de temas variados. Reflexiones y anécdotas personales, alguna crítica (siempre un tanto neutra) y fragmentos de música, pintura, literatura… Siempre he intentado poner algo de mí mismo en lo que he escrito y de hecho creo que el blog muestra partes de mí que quizá no son obvias para todos los que me conocen.

Por otro lado, tengo que reconocer que más allá de esto, el blog no resulta muy interesante para nadie. Tiene pocas visitas, deduzco que casi todas casuales, casi ningún visitante comenta (ocasionalmente, algún amigo) y tampoco recibo correo alguno relacionado con él. El juicio de internet es así de duro.

No puedo decir que esté satisfecho del resultado, pero, tras varios meses sin escribir, he revisado un poco y lo que he encontrado no me ha parecido tan horrible como esperaba. Quizá sirva para que alguien me conozca mejor. Quizá algún día pueda leerlo y recordar a mi yo pasado de una manera diferente.

Por nada de esto, sino por ningún motivo en especial he decidido retomar el blog. Una vez más.





Viendo trenes pasar

22 04 2009

No me gustan demasiado las series de televisión que pretenden ser “reales como la vida misma”. Suelen tener cierto fondo moralizante disfrazado de naturalidad aplastante que me parece detestable.

En las últimas semanas, sin embargo, he visto un par de capítulos sueltos de la serie de Antena 3 que cerraba temporada el pasado domingo: “Doctor Mateo” y le reconozco cierto encanto. El paraje natural en que se desarrolla (una apuesta arriesgada para la producción) es algo que yo agradezco infinitamente, esas casitas abigarradas en calles empinadas, el mar y las verdes colinas…

También me agrada la interpretación directa y poco afectada de sus protagonistas, desde el papel serio, un poco envarado, pero ingenuo y quizá hasta idealista de Gonzalo de Castro, hasta la seductora candidez de María Esteve.

Por otro lado, la ficción que relata no es demasiado pretenciosa y me parece centrada más en los personajes individualmente que en una serie de conflictos sociales.

gare

En el último capítulo, Mateo reprochaba a su tía (de unos cincuenta y largos) el haberse liado con un tipo más joven, a lo que ésta respondía con cierta frescura, que mejor arriesgarse un poco, que vivir la vida como él, dejando los trenes pasar.

Me sentí identificado con el doctor, como si la crítica me la hiceran a mí. También yo soy de los que dejan los trenes pasar. A veces pienso que me llevarán a un lugar equivocado por un camino irreversible, otras, no tengo idea alguna de adónde conducen y mi propia cobardía me impide tomarlos. Incluso hay ocasiones en las que soy incapaz de ver que hay un tren esperando y sólo me doy cuenta cuando es ya demasiado tarde y hace mucho que partió.

Pero hace tiempo que tengo la sensación de estar melancólicamente sentado en un banco de la estación, observando al resto de los viajeros en su tránsito, como suben y bajan de los vagones, unas veces tristes y otras alegres, mientras yo espero y espero el anuncio de un tren que no sé si ha de venir.





El Árbol de la Ciencia

20 04 2009

Acabo de terminar de leer esta novela de Pío Baroja. Me ha dejado un sabor amargo, entiendo que pretendido. Es profundamente existencialista y de un pesimismo vital abrumador. En ella se retrata con crudeza la sociedad española de finales del XIX: las familias, los barrios, los entornos laborales, la vida urbana y también la rural; se habla de mezquindad y egoísmo, de miserias y pobrezas, tanto materiales como humanas.

Al conocer que es en gran parte autobiográfica no he podido evitar sentir cierta pena por el autor. No quiero que se me malinterprete, no es una compasión de esas que miran con aires de superioridad, es tristeza real por alguien que parece buscar la verdad con la intención de forjarse una actitud ante la vida y sólo encuentra ese terrible determinismo: “la naturaleza hace al esclavo y le da espíritu de esclavo”. También me duele el hastío que destila desde el comienzo, esa predisposición a la amargura y a la renuncia, esa especie de prejuicio hacia la consecución no digo ya de la felicidad sino casi de cualquier pequeño destello de alegría.

Mi manera de pensar y de enfocar la vida no se parecen mucho a las del ficticio Andrés Hurtado, pero sí he de reconocer que suelo filtrar la realidad con cierto pesimismo pragmático y me aterra pensar que quizá algún día pueda dejarme llevar hacia ese abismo de decepción en el que  todo está ya perdido de antemano y para siempre.





Rosas en la basura

17 04 2009

Hace un par de días, cuando abrí la tapa del cubo que usamos en casa para los desperdicios con la intención de arrojar una cáscara de plátano, me sorprendió la visión de dos rosas secas.

Ambas se encontraban boca abajo, con el tallo apoyado en una de las paredes del cubo. Conservaban cierta petulancia, tan natural en las rosas, en un vano intento de mantener la dignidad perdida, mirando por encima del hombro a una bolsa vacía de obleas para empanadillas y a algunas cáscaras de pepino. Varias ideas vinieron a mi mente.

Me acordé de la rosa de Saint-Exupéry, la amiga del Principito, arrogante, segura de sí misma, pero a su vez con unos sentimientos que no sabe expresar sino de manera afectada que con frecuencia hace sentir mal al Principito. Cuando él decide partir, las disculpas de la flor no lo disuaden, tampoco ella lo pretende, es demasiado tarde. Simplemente, no se puede prestar tanta atención a una única flor cuando uno tiene la inteción de explorar el universo.

También pensé en cuántas veces desechamos algo porque no es perfecto, porque no es lo que esperamos, porque sale de los cánones de belleza o utilidad estándar. Más triste me parece cuando nos rechazamos a nosotros mismos o a los demás por no encajar en ese patrón de lo social o personalmente requerido de antemano. Y me pregunté cuántos pensamientos y sentimientos se encontrarán olvidados en lo profundo de nosotros, descomponiéndose melancólicamente como aquellas rosas en la basura.





Algunos experimentos

13 04 2009

Nunca he obtenido buenos resultados haciendo fotografías en condiciones medianamente adversas. Mi pulso es bastante malo y produce fotos especialmente movidas con tiempos de exposición superiores a la décima de segundo. Tampoco me gusta utilizar sensibilidades por encima de 100 (iso) porque me parece que el ruido estropea mucho las fotos (desde el punto de vista estético). Nunca he adquirido la habilidad para estimar los parámetros de obturador correctos ante una “situación lumínica” real.

Como tengo cierto interés en aprender, me resisto al modo automático y sigo haciendo decenas de fotografías que sirven para más bien poco cada vez que saco la cámara. El miércoles pasado me di una vuelta por el centro de la ciudad, en pleno apogeo procesional y disparé algunas de esas instántaneas inservibles. Para no enviarlas directamente a la papelera de reciclaje, decidí hacer pruebas con los filtros de ajuste y efectos de Photoshop. Es un recurso de fotográfo mediocre, lo reconozco. He aquí algunos resultados.

Esta foto no tiene manipulación alguna, mi intención era desenfocar la vela (el efecto de la llama no está mal) y enfocar al niño, pero no paraba de moverse y no había demasiada luz. Creo que no hay nada realmente enfocado en esta foto.

Tampoco está retocada. Fue tomada apoyando la cámara entre el suelo y mi zapato (para mantenerla firme y con cierto ángulo).

Ligeramente desenfocada, probé varios efectos más o menos rocambolescos y me quedé con este: “color diluido”.

El original no tenía ningún defecto especial, salvo que quizá el reflejo no está muy conseguido. El efecto es “bordes añadidos” y me gusta como marca el reflejo deforme del edificio o el del propio músico. No me gusta que la pareja que se encontraba a mi derecha aparezca tan en “primer plano”, hubiese preferido un efecto más de “multitud”.

Visiblemente desenfocada y movida. Este filtro de espátula difumina los bordes y crea un efecto de pseudoimpresionismo. Me gusta como quedan los bordados del manto y las flores del primer plano.

Demasiado oscura y sin un motivo claro. La torre de la catedral atraía toda la atención. El filtro aplicado es “lápiz de color”, la torre sigue siendo importante, pero los otros edificios, los árboles, el gentío se vuelven más notables.

Un retazo de una foto mucho mayor parecida a la segunda de la serie. De una columna colgaba un marco con el relieve que representa la decimocuarta estación del Via Crucis. Centré el motivo y apliqué el filtro “tiza y carboncillo”.

Si hacéis click en cada foto podéis acceder a una versión mayor en la que se aprecian mejor los efectos.