Una entrada en el blog de pantarei me hizo recordar algunos de los magistrales sonetos del barroco español. Especialmente los de Francisco de Quevedo.
Aunque hay otros que tratan el Tiempo en su carácter destructor de una manera mucho más explícita, “A Roma sepultada en sus ruinas” tiene un toque paradójico que siempre me gustó:
Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!
y en Roma a Roma misma no la hayas:
cadáver son las que ostentó murallas
y tumba de sí proprio el Aventino.
Yace donde reinaba el Palatino,
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades, que blasón latino.
Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepoltura
la llora con funesto son doliente.
¡Oh Roma! En tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permance y dura.
Llama la atención que aquella misma pluma pergeñase el mucho más famoso “Amor constante más allá de la muerte”:
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Me ha encantado el poema de Roma. Solemne.