Málaga no es una ciudad de urbanismo deslumbrante. Sus edificios, calles o plazas nunca me parecieron nada del otro mundo. Tiene rincones, es cierto, y si llevas toda la vida viviendo aquí acabas asociando lugares con buenos recuerdos.
Sin embargo, reconozco un encanto indudable en el entorno. El mar, la bahía, el verdor del monte Gibralfaro coronado por la alcazaba y el castillo, las sierras de alrededor… Siempre que conduzco a través del puente que conecta el paseo marítimo Antonio Machado con la avenida Manuel Agustín Heredia pienso que la vista de la fortaleza sobre la colina enmarcada por los edificios de primer plano merecen una fotografía que nunca he llegado a hacer.
Justo desde ese punto, pero volviéndonos hacia el norte, el cauce del río Guadalmedina conduce la mirada hasta las montañas que rodean la ciudad por ese punto cardinal, cubiertas de una vegetación mucho más austera.
Mientras el semáforo de ese cruce me retenía hoy en mi recorrido habitual de los lunes por la tarde, pensé que casi se podría medir la densidad del aire sólo con esas dos imágenes: mientras que el bosquecillo y las murallas de Gibralfaro se mostraban nítidamente bajo los juegos de luces y sombras del atarceder, una suave bruma filtraba la luz más homogénea que llegaba desde las altas y más lejanas montañas del interior.
Y en momentos como ese, pienso que quizá este no sea del todo un mal lugar para vivir.
Yo siempre he sentido aversión por mi ciudad, aunque creo que gran parte de ello se debe al espíritu guerrero adolescente: matamos al padre, y puede que también a la tierra natal. Ahora me encuentro en una etapa de cierta reconciliación con ella.
Una de las imágenes que no deja de sorprenderme, es la vista nocturna de la Alcazaba y Gibralfaro desde el Paseo de la Farola, teniendo al lado los barcos. La iluminación del castillo en plena noche tras las sombras de esos árboles me conmueve. Es como si cada vez lo redescubriera.
Creo que es la primera vez que te escribo, leo tu blog después de mucho tiempo y me apetecía mantener este pequeño diálogo contigo, ya que en persona últimamente es bastante más complicado. Recuerdo cuando llegué a Málaga y las sensaciones que me provocó esta ciudad, mezclado con el desasosiego que me producía el caos urbanístico y la dejadez en zonas determinadas, recuerdo la belleza de la vista que tuve desde la fuente de las tres gracias hacia al parque, y la que aparecía por encima del túnel, con la alcazaba y aquel parque bajo sus pies. La avenida principal de pedregalejo, con esas casas llenas de encanto. Los primeros paseos por la farola y el puerto (obviamente sin coches con niñatos) y aquel olor a mar, ese olor a salitre paradójicamente dulzón, que hace que aquellos días en que la morriña por el recuerdo de la ciudad de la mezquita y los problemas me pueden, vuelva a saber qué hago aquí. Un beso.
Me ha alegrado mucho leer tu comentario, Mónica. Más cuando tengo la impresión de que las “comunicaciones virtuales” no te van mucho
Pero, al fin y al cabo, también son una forma de relacionarse y se puede aprender mucho con ellas.
Nos vemos pronto y nos leemos por la red.
Ah! Y pasadlo bien en la feria de Córdoba!
Yo también he tenido mis momentos de odio profundo hacia Málaga por culpa de esa especie autóctona que puebla nuestras calles (sobre todo por ciertas zonas) y por las muchas carencias que tiene comparada con otras ciudades. Sin embargo, últimamente cada vez me gusta más. Al salir y pasar temporadas en otras ciudades, aprecio mucho más la luz que hay aquí, el mar, la temperatura, las noches de verano, la cantidad de gente que hay siempre en la calle, los bares, los paseos marítimos, la manera torrencial de llover -cuando llueve, la Semana Santa… De un tiempo a esta parte me noto más sensible a la belleza de la ciudad. Hace pocos días iba conduciendo por el Paseo de los Curas, por la tarde (aunque parezca increíble, el mío era el único coche en circulando por allí en ese momento), y ver la luz flitrándose por entre los árboles del paseo era todo un espectáculo.
En fin, que a pesar de su fauna y de las obras del metro, cada vez estoy más convencida de que Málaga es uno de los mejores lugares donde se puede vivir.