Archivo de la categoría: Arquitectura
Un viaje de cuatro siglos
Estaba escribiendo una entrada anodina sobre mi reciente visita a las ciudades de Baeza y Úbeda cuando el sabor aséptico, digno de discurso de guía turístico, me ha amargado la relectura. Estos dos enclaves conforman un entorno en cierto modo único, que no merece reducir el post a una mera enumeración de hitos monumentales, como si del margen de un folleto se tratase.
Como preámbulo a las sensaciones que he tenido en este breve viaje, he de decir que siempre he tenido cierto complejo de “eclecticismo urbanístico de escaso valor”. No minusvaloro la capital en la que vivo y aprecio las ventajas que tiene este rincón del Mediterráneo, pero no puedo evitar cierto “desconsuelo artístico” producido por la mezcla indiscriminada de estilos que no consolida un entorno claramente contemporáneo ni tampoco un núcleo de fuerza histórica. Por si fuera poco, las manifestaciones artísticas arquitectónicas con las que me siento más identificado (las que se desarrollaron en Europa entre los siglos XI y XVI) brillan por su escasez.
No extrañará entonces mi sorpresa, cuando tras atravesar un monótono mar de olivos encontré estas dos pequeñas maravillas del arte renacentista. Úbeda imperial y altiva. Baeza más recogida, pero también más acogedora, con un encanto difícil de igualar. Merece la pena pasear por sus plazas y entre sus palacios, dejarse caer por pasajes empinados y asomarse a sus miradores, desde donde la bruma se mezcla con el gris verdoso de sus campos evocando los versos de un poeta que, como estas dos ciudades, fue andaluz y castellano al tiempo:
¡Olivares y olivares
de loma en loma prendidos
cual bordados alamares!
¡Olivares coloridos
de una tarde anaranjada;
olivares rebruñidos
bajo la luna argentada!
¡Olivares centelleados
en las tardes cenicientas,
bajo los cielos preñados
de tormentas!….
Y de la centuria ser arrastrado por la corriente del tiempo hacia el pasado, a través de calles y muros de piedra, que devuelven al caminante junto con el eco de sus propios pasos otros rumores de un tiempo lejano en el que resuenan los acordes de la polifonía clásica. Un tiempo de evolución científica y artística, de afán de descubrimiento, un tiempo de cambio de era.
Top of the Rock, Top of the World
New York City. Calle 50, entre las avenidas quinta y sexta. Una puerta giratoria, igual en apariencia a tantas otras en la ciudad que nunca duerme, esconde el acceso a uno de los lugares más impactantes que he pisado jamás.
Un ascensor de aceleración y velocidad casi excesivas permite alcanzar la sexagésimo séptima planta del edificio GE. La panorámica de Manhattan desde allí corta la respiración. Algunos instantes después, cuando el reflejo respiratorio de supervivencia vuelve a enviar oxígeno al cerebro, algo llama fuertemente la atención: la sensación de vértigo es nula. No tengo pánico a las alturas, pero cuando me asomo por el antepecho de la cubierta del edificio donde vivo, la más que modesta altura (una novena planta) es suficiente para pellizcar ligeramente mi estómago. Desde el Top of the Rock, sin embargo, es tal la masa de construcciones a tu alrededor que ver la calle a través del espacio entre dos rascacielos, es casi como observar el tráfico lejano de una carretera de montaña desde el otro lado del valle. Quizá también influya que no encontré ningún punto de “caída vertical” pues el perímetro exterior está protegido por una pared de paneles transparentes.
Todavía es posible ascender tres plantas más, hasta la septuagésima, una estrecha terraza a 260 metros del asfalto neoyorquino. No es el punto más alto de la ciudad, el mirador del Empire State Building se eleva a 320 metros, pero sí la más impresionante, puesto que no puedes disfrutar del edificio más alto de la ciudad cuando estás sobre su propia cima. Además del Empire State o el Chrysler hacia el sur, es impresionante dar media vuelta y perder la vista en la vasta extensión de Central Park, en su espesura y sus lagos. Creo que sólo allí, pude percibir la auténtica dimensión del parque.
Afortunadamente, no hay límite de tiempo para disfrutar de este peculiar observatorio. Cuando has dejado de buscar siluetas conocidas a tu alrededor, cuando tus ojos se relajan y tu visión se desenfoca parcialmente, perdiéndose en la ciudad infinita, cuando la luz del sol se debilita hasta extinguirse por completo y tu pensamiento vuela sobre las miles de luminarias que acaban de nacer por toda la ciudad, entonces, sólo entonces, comienzas a escuchar los latidos.
Al principio es un rumor frágil, desconcertante, porque te rodea, pero no parece venir de ningún sitio en particular. Después una conexión, como un relámpago, luego otra y otra más. Y se multiplican por miles, por cientos de miles, por millones. Y sientes que todas esas almas, con su vida acelerada y sus preocupaciones, pero también con sus alegrías y su búsqueda de la felicidad, comparten algo contigo. Y allí, en la cumbre de la civilización, sintiéndote uno y muchos al mismo tiempo puedes intuir la paradoja ineludible de la humanidad.
Washington D.C.
El “District of Columbia” es una región de los Estados Unidos, entre Maryland y Virginia, que no pertenece a ningún estado, sino que forma un distrito federal en el que se encuentra la capital del país (como curiosidad, también hay un estado que recibe el nombre del primer presidente, pero se encuentra en la costa oeste, en la frontera con Canadá). Un fin de semana es tiempo escasísimo para visitar esta capital en profundidad, pero permite acercarse al National Mall y conocer algunos de los lugares más famosos de toda la geografía norteamericana.
Desde el Capitolio al monumento a Lincoln, todos los edificios del entorno, ya sean oficinas gubernamentales o museos nacionales de la institución Smithsonian, transmiten una sensación de desmesura brutal, casi de megalomanía. Los revivals arquitectónicos se mezclan (aunque el neoclasicismo impera) dando lugar a una curiosa combinación que podría pensarse planificada por un niño. Más al oeste, en el cementerio de Arlington, descansan los cuerpos de cientos de miles norteamericanos, militares en su mayoría, en una inmensa extensión de tierra marcada por un mar de pequeñas lápidas blancas. Aunque el camposanto tiene también tumbas más recargadas, el paisaje global parece minimalista en comparación con la ciudad al otro lado del río Potomac.
El National Mall acoge además la “Isla de los Museos” de la capital estadounidense (si se me permite la comparación). Pudimos visitar el ala oeste de la Galería Nacional de Arte (con algunas pinturas interesantes que quizá comente otro día) y el de historia americana donde las piezas que más llaman la atención de los turistas son los zapatos que Judy Garland usó en El Mago de Oz o la colección de vestidos de fiesta de las primeras damas (aunque en mi opinión es bastante discutible que estos objetos pertenezcan a la historia). En la tienda del museo compramos un kit “emule a un político con afanes de grandeza” del que hicimos uso ayer. El resultado no es tan magnificente como el de los diseñadires de Washington DC, pero a nosotros nos pareció divertido.
El Transparente de la Catedral de Toledo
Este conjunto de elementos arquitectónicos y escultóricos (e incluso pictóricos según me parece adivinar) me tiene ligeramente obsesionado en los últimos días. Fue mencionado en una conversación con mi hermano hace casi dos semanas y desde entonces no me lo he podido quitar de la cabeza.
Estuve en la Catedral Primada y aunque hace casi diez años y en una vista bastante fugaz, me sorprende no haberme fijado en un parche tan espantosamente rococó dentro del gótico esencial del edificio (el arte medieval siempre fue mi preferido, incluso cuando casi no sabía diferenciar a Arnolfo di Cambio de Borromini).
Además, tampoco consigo encontrar una descripción convincente ni una serie de fotografías que permitan hacerse una idea de la estructura del conjunto, lo que le añade cierto misterio.
Por lo que deduzco, el Transparente está situado en el deambulatorio de la catedral a espaldas de la capilla mayor y compuesto por un marmóreo retablo que se prolonga hasta el techo y se extiende por él (y aquí entra en juego la pintura) hasta la parte superior de la capilla de San Ildefonso (que ocupa el lugar central de las capillas de la girola). Es justo en este lugar donde se abre una especie de linterna en la bóveda (que supongo un indudable atrevimiento arquitectónico para la época) e ilumina el retablo que antes comenté.
Lograr una idea de este diseño sólo con las descripciones que encontré en internet y alguna fotografía no fue trivial. Creo que las fotografías de wikimedia commons son las más representativas (especialmente las dos primeras).

En cualquier caso, sigo sin saber el papel del elemento que da nombre al conjunto, es decir, el “óculo” (que al principio identifiqué erronamente con la abertura en la bóveda) situado en la parte central del retablo.
Un transparente debe ser algún tipo de cristal que sirva de iluminación para un altar. Al principio pensé que debía estar formado por un espejo que reflejaba la luz de la linterna hacia la capilla de San Ildefonso. Luego barajé la posibilidad de que fuese un simple vidrio que dejase pasar la luz proveniente de la parte central de la Catedral, hacia el menos iluminado ábside, pero eso implicaría una abertura gemela en el retablo de la capilla mayor que no parece que exista.
Además el Sagrario aparece mencionado en varios lugares como objetivo final la luz que atraviesa el óculo y no acabo de entender como puede llegar a iluminarse desde esa posición algo que debe estar en la parte baja de la capilla mayor ni siquiera aunque existiera la abertura en el retablo de ésta…
De tal manera ha ocupado este pequeño misterio mis pensamientos que hace unos días soñé que me encontraba visitando la “dives toletana” y contemplaba pasmado el famoso Transparente. Al observar el recorrido de la luz que se colaba por la bóveda, noté que incidía en un cristal rodeado por blancos ángeles y que a través de él debía pasar al cuerpo central del templo. Para seguir el camino del evasivo haz, me introduje por una puerta en la base de este altar de marmol y que lógicamente debía conducir al interior de la capilla mayor. Sin embargo, no pude dejar de sentir un estremecimiento al darme de bruces con la reja de la capilla mayor y comprobar que no estaba dentro sino ¡fuera de ella!
En un alarde de originalidad resolviendo problemas geométricos, mi yo onírico, había girado ciento ochenta grados la orientación de la capilla mayor de modo que la luz que entraba por la linterna de la girola, siguiendo una trayectoria rectilínea, atravesaba el óculo del Transparente e incidía directamente sobre el Sagrario en la base del retablo del altar mayor.
Aunque es probable que una investigación más profunda o una segunda visita a Toledo despejen mis dudas sobre la posición de los distintos elementos de esta estructura, nunca dejaré de preguntarme cómo el Cabildo pudo aprobar una modificación así en la magnífica arquitectura de su Catedral.


