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Zumo de naranja en clave de Fa

Hace unos días, al servirme un vaso de zumo de naranja, me di cuenta de que la ligera espuma que queda en la superficie (producto de haber agitado el brick enérgicamente) formaba una figura peculiar. Supongo que cualquiera no hubiese visto lo mismo, pero yo asocié de inmediato la imagen, delatando mi afición por la música.

Nota: los que no sepan a qué me refiero, pueden consultar la wikipedia.

Mud(laga) Valley

Cada día más de un centenar de vehículos son aparcados en un solar a la entrada del Parque Tecnológico de Andalucía, un poco más allá de la nave de lo que fue Vitelcom. Supongo que sus propietarios preferirían aparcar más cerca de sus lugares de trabajo, pero es obvio que el PTA tiene algunas carencias de diseño importantes. En esta parcela solía aparcar hasta la semana pasada cuando, por primera vez desde que empecé mi beca, había llovido lo suficiente como para convertir el terreno en un barrizal. Como no tenía alternativa, me remangué los pantalones y me puse las botas (¡menos mal que las llevaba!) perdidas de barro para salir de allí. De camino a la oficina, las limpié en un charco cuanto pude y, ya en el edificio de la empresa, con papel de secar manos del baño. Al volver a casa la experiencia fue simétrica, claro que ahora tenía que meter las botas llenas de barro en el coche. Opté por quitármelas, meterlas en una bolsa y conducir descalzo. Adjunto testimonio fotográfico de su estado antes de entrar en el coche.

Hay una iniciativa que pretende emular el éxito de Silicon Valley en nuestra ciudad. Aglutina importantes empresas e instituciones y, en un alarde de originalidad, la han llamado “Club Málaga Valley”. ¿Cómo pretenden fomentar la innovación, el desarrollo tecnológico y la creatividad, cuando no pueden aportar unas condiciones mínimas esenciales en el entorno donde tantas personas desarrollan su actividad diaria?

“Valley” quizá, pero de fango, de momento.

Un poco de filosofía

Eso es lo que le hace falta a la política. No, no me refiero a debatir la antinomia de lo uno y lo múltiple o el problema del ser y el no-ser. Lo que quiero decir es que la política necesita ser sincera, mirar atrás y replantearse seriamente el sentido de su existencia.

Hablaba de la ley electoral y había prometido dar mi opinión al respecto. No sé si sorprenderé a alguien diciendo que no voy a hacer una defensa acérrima de ninguna modificación concreta de dicha ley porque la realidad es que no tengo una opinión completamente formada. Necesito que se plantee un diálogo serio, apartado de discursos demagógicos en el que los partidos mayoritarios, los minoritarios, profesionales del estudio de la política y otros sectores de la sociedad expongan claramente sus ideas acerca de aquello que consideran mejor y más justo. Entonces y sólo entonces podremos comenzar a decidir. De momento, comparto algunas reflexiones que ya he dejado entrever en mis anteriores entradas.

En primer lugar entiendo que las “micro-circunscripciones” posibilitan que sensibilidades políticas regionales estén representadas en el parlamento. ¿Es realmente necesario? Si existe un modelo de autonomías que otorga independencia a las regiones en determinadas políticas en el que además, las comunidades con mayor “tradición de autogobierno” poseen una libertad de gestión mayor, ¿por qué necesitamos además en las Cortes Generales, donde se gobierna para todos, representantes de esa independencia? ¿No es redudante? ¿Acaso no nos fiamos de que el estado garantice la autonomía regional concedida? ¿O es que determinadas regiones siempre quieren más?

No me considero especialmente nacionalista español. Ni siquiera me gusta la combinación de colores de nuestra bandera. No creo que en España seamos mejores que otras naciones y no me siento especialmente orgulloso de ser español (igual me sentiría si fuese finlandés o croata). Sin embargo, me parece que hay una especie de “persecución” al sentimiento de unidad nacional que socialmente se identifica inexorablemente con el fascismo y el franquismo. Mi punto de vista es mucho más simple y pragmático: si vivimos juntos, en el mismo país, bajo el mismo gobierno, compartiendo una buena cantidad de factores históricos y geopolíticos, ¿por qué no intentamos ponernos de acuerdo para hacer entre todos lo mejor que podamos?

Yo no quiero que mis representantes en el Parlamento y el Senado hagan nada que perjudique a otras provincias o regiones. Si en Palencia (por ejemplo) hay una inquietud cultural única, que sólo se encuentra en esa provincia, debe ser atendida por su administración local, no puede pretender que el conjunto de la nación se vuelva para atenderla. Cuando un territorio forma parte de un país, debe entender además que hay un conjunto de necesidades y recursos limitados para resolverlas. Tenemos que aceptar entonces que quizá una petición concreta tenga que esperar porque hay más gente con problemas. No se puede beneficiar sistemáticamente a una región en detrimento de otras.

Creo que en nuestro país es clave la falta de solidaridad, los ciudadanos de algunas regiones se sienten por encima de los de otras (y los políticos que eligen así lo atestiguan). Estamos poco dispuestos a ayudarnos. Cuando miramos la realidad, ponemos nuestros intereses en primer plano y eso nos impide ver lo que ocurre a nuestro alrededor. Los individuos, las empresas, las instituciones… Todos estamos tan preocupados de nostros mismos, que hemos perdido la capacidad de darnos cuenta de que quizá las soluciones no estén tan lejos, pero debemos levantar la cabeza para encontrarlas.

Top of the Rock, Top of the World

New York City. Calle 50, entre las avenidas quinta y sexta. Una puerta giratoria, igual en apariencia a tantas otras en la ciudad que nunca duerme, esconde el acceso a uno de los lugares más impactantes que he pisado jamás.

Un ascensor de aceleración y velocidad casi excesivas permite alcanzar la sexagésimo séptima planta del edificio GE. La panorámica de Manhattan desde allí corta la respiración. Algunos instantes después, cuando el reflejo respiratorio de supervivencia vuelve a enviar oxígeno al cerebro, algo llama fuertemente la atención: la sensación de vértigo es nula. No tengo pánico a las alturas, pero cuando me asomo por el antepecho de la cubierta del edificio donde vivo, la más que modesta altura (una novena planta) es suficiente para pellizcar ligeramente mi estómago. Desde el Top of the Rock, sin embargo, es tal la masa de construcciones a tu alrededor que ver la calle a través del espacio entre dos rascacielos, es casi como observar el tráfico lejano de una carretera de montaña desde el otro lado del valle. Quizá también influya que no encontré ningún punto de “caída vertical” pues el perímetro exterior está protegido por una pared de paneles transparentes.

Todavía es posible ascender tres plantas más, hasta la septuagésima, una estrecha terraza a 260 metros del asfalto neoyorquino. No es el punto más alto de la ciudad, el mirador del Empire State Building se eleva a 320 metros, pero sí la más impresionante, puesto que no puedes disfrutar del edificio más alto de la ciudad cuando estás sobre su propia cima. Además del Empire State o el Chrysler hacia el sur, es impresionante dar media vuelta y perder la vista en la vasta extensión de Central Park, en su espesura y sus lagos. Creo que sólo allí, pude percibir la auténtica dimensión del parque.

Afortunadamente, no hay límite de tiempo para disfrutar de este peculiar observatorio. Cuando has dejado de buscar siluetas conocidas a tu alrededor, cuando tus ojos se relajan y tu visión se desenfoca parcialmente, perdiéndose en la ciudad infinita, cuando la luz del sol se debilita hasta extinguirse por completo y tu pensamiento vuela sobre las miles de luminarias que acaban de nacer por toda la ciudad, entonces, sólo entonces, comienzas a escuchar los latidos.

Al principio es un rumor frágil, desconcertante, porque te rodea, pero no parece venir de ningún sitio en particular. Después una conexión, como un relámpago, luego otra y otra más. Y se multiplican por miles, por cientos de miles, por millones. Y sientes que todas esas almas, con su vida acelerada y sus preocupaciones, pero también con sus alegrías y su búsqueda de la felicidad, comparten algo contigo. Y allí, en la cumbre de la civilización, sintiéndote uno y muchos al mismo tiempo puedes intuir la paradoja ineludible de la humanidad.

Cinco cosas que he aprendido en una semana

No me gustaría crear tópicos sobre un país de más de nueve millones de kilómetros cuadrados y más de trescientos millones de habitantes a partir de la diminuta proporción de la costa este a la que he podido echar un vistazo. Sin embargo, algunas cosas me han llamado la atención:

1. En EEUU existen las bolsas de plástico. Por más acostumbrados que el cine y la televisión nos tengan a las bolsas de papel reciclable y reciclado, todas mis compras aquí han sido en bolsas de plástico.

2. No he visto un sólo coche de los que en Europa entendemos por “compacto” o “urbano”. Ni Corsas, ni Fiestas, ni Ibizas, ni Yaris… La mayoría de los coches son tipo sedán, algunos familiares y una cantidad ingente de todoterrenos. ¿Y no hay problemas de aparcamiento? Pues aquí en New Brunswick, no creo: las plazas de aparcamiento pintadas (cada una con su propio parquímetro) podrían albergar una pequeña tanqueta. No creo que tuviese que hacer maniobra alguna para aparcar mi pequeño Getz en ellas.

3. Los precios en las tiendas no tienen el IVA incluido. Es más, el IVA como tal ni si quiera existe. Su equivalente, el “sales tax” (que según la wikipedia funciona de una manera ligeramente distinta) depende de cada estado y es bastante más bajo que en España (más ahora que nos lo han subido al 18%). Por ejemplo, en la ciudad de New York es del 8.875%. En cualquier caso, resulta un tanto desconcertante pedir un cono de un dolar en McDonalds y que en realidad cueste 1.08$.

4. En esta parte del mundo, la gente también dice “oooohhhhhh” cuando estalla un cohete de fuegos artificiales. Sin embargo, las personas que se encontraban a mi alrededor durante el espectáculo pirotécnico del 4 de Julio en Nueva York eran bastante más efusivas de lo que suelen serlo en Málaga. Aplaudían, gritaban y ovacionaban con mucha más frecuencia, como si para ellos fuese algo novedoso o especialmente sorprendente.

5. Las luciérnagas existen más allá de los cuentos de hadas o las series de animación infantiles. Ya, ya sé que no haber visto en mi vida una luciérnaga hasta ahora no dice mucho de mi afán aventurero. Reconozco que nunca me he internado en la selva negra alemana, ni en los páramos escoceses, pero alguna vez sí que he estado en el campo y no recuerdo haber encontrado estos simpáticos coleópteros. De todos modos, no ha sido en lo profundo de un parque natural donde he visto saltar decenas de lamparitas fluorescentes sino en los jardines del campus universitario a cinco minutos de casa.

Prometo fotos en breve. Dadme algo de tiempo. El fin de semana espero estar en Nueva York casi todo el día.

Un mes en USA

En nuestro mundo globalizado en el que toda distancia real o virtual ha disminuido drásticamente en los últimos años, pasar un mes a casi seis mil kilómetros de casa puede no parecer excepcional. Pero lo trivial es relativo y para mí esta es una experiencia vital importante por muchos motivos.

Retomar el blog es una tarea pendiente desde hace ya algunos meses así que he decidido aprovechar esta oportunidad para volver a escribir. ¿Quién sabe? Quizá esta vez consiga la continuidad que siempre he buscado….

Inmensidad

Tenía a medio escribir un borrador sobre la existencia superflua y mal sonante del verbo “exilar” y la locución “puede ser posible”, sin embargo, a veces la realidad golpea con fuerza y deja sin respiración. El impacto es helado como un opresivo puño de escarcha que aprisiona el pecho y dificulta los latidos del corazón.

Ayer, mientras mi mirada se perdía en un mar ocre de ondulantes colinas salpicado de rocosas islas grises, mi mente vagaba en la distancia intentando abarcar lo inconmensurable. Entonces comencé a percibir de una manera quieta y abrumadora la enorme magnitud de cuanto me rodeaba, el escasísimo espacio a mi alcance, los brevísimos instantes de tiempo que supone mi existencia. Como un grano de arena en el desierto, como una partícula de polvo de estrellas en la inmensidad del universo sentí el vibrante pulsar de la naturaleza, inexorable y extraño.

Comprendí también cómo en ese preciso momento había miles de millones de otros pensamientos y cómo el mío era absolutamente irrelevante entre todos ellos, mi vida, insignificante entre otros miles de millones de vidas que son sólo unas pocas de entre las que fueron y las que serán. Así, noté como aumentaba la distancia que me separa de todos y cada uno de los que me rodean y me invadió una amarga soledad, eterna  y cruel compañía que a veces se divierte haciéndome creer que se aleja para luego dar un tirón a la cadena que nos une y agitarla ante mí con una carcajada indolente para mostrar que tiene menos eslabones que nunca.

Esta entrada del blog no es un lamento gratuito, es lo poco que puedo ofrecer a las personas que me soportan con más frecuencia y alguna que otra vez han encontrado en mí un muro de silencio y una mirada perdida u otra ingratitud semejante. Es por vosotros (algunos leeréis esto, otros no) por los que despertarse cada mañana conserva todavía algo de sentido.

Silencio

Mil veces callo que romper deseo
el cielo a gritos, y otras tantas tiento
dar a mi lengua voz y movimiento,
que en silencio mortal yacer la veo.


Anda cual velocísimo correo,
por dentro el alma, el suelto pensamiento
con alto y de dolor lloroso acento,
casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.


No halla la memoria o la esperanza
rastro de imagen dulce y deleitable
con que la voluntad viva segura.


Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
muerte que tarda, llanto inconsolable,
desdén del cielo, error de la ventura.

Francisco de Aldana

Viendo trenes pasar

No me gustan demasiado las series de televisión que pretenden ser “reales como la vida misma”. Suelen tener cierto fondo moralizante disfrazado de naturalidad aplastante que me parece detestable.

En las últimas semanas, sin embargo, he visto un par de capítulos sueltos de la serie de Antena 3 que cerraba temporada el pasado domingo: “Doctor Mateo” y le reconozco cierto encanto. El paraje natural en que se desarrolla (una apuesta arriesgada para la producción) es algo que yo agradezco infinitamente, esas casitas abigarradas en calles empinadas, el mar y las verdes colinas…

También me agrada la interpretación directa y poco afectada de sus protagonistas, desde el papel serio, un poco envarado, pero ingenuo y quizá hasta idealista de Gonzalo de Castro, hasta la seductora candidez de María Esteve.

Por otro lado, la ficción que relata no es demasiado pretenciosa y me parece centrada más en los personajes individualmente que en una serie de conflictos sociales.

gare

En el último capítulo, Mateo reprochaba a su tía (de unos cincuenta y largos) el haberse liado con un tipo más joven, a lo que ésta respondía con cierta frescura, que mejor arriesgarse un poco, que vivir la vida como él, dejando los trenes pasar.

Me sentí identificado con el doctor, como si la crítica me la hiceran a mí. También yo soy de los que dejan los trenes pasar. A veces pienso que me llevarán a un lugar equivocado por un camino irreversible, otras, no tengo idea alguna de adónde conducen y mi propia cobardía me impide tomarlos. Incluso hay ocasiones en las que soy incapaz de ver que hay un tren esperando y sólo me doy cuenta cuando es ya demasiado tarde y hace mucho que partió.

Pero hace tiempo que tengo la sensación de estar melancólicamente sentado en un banco de la estación, observando al resto de los viajeros en su tránsito, como suben y bajan de los vagones, unas veces tristes y otras alegres, mientras yo espero y espero el anuncio de un tren que no sé si ha de venir.

Rosas en la basura

Hace un par de días, cuando abrí la tapa del cubo que usamos en casa para los desperdicios con la intención de arrojar una cáscara de plátano, me sorprendió la visión de dos rosas secas.

Ambas se encontraban boca abajo, con el tallo apoyado en una de las paredes del cubo. Conservaban cierta petulancia, tan natural en las rosas, en un vano intento de mantener la dignidad perdida, mirando por encima del hombro a una bolsa vacía de obleas para empanadillas y a algunas cáscaras de pepino. Varias ideas vinieron a mi mente.

Me acordé de la rosa de Saint-Exupéry, la amiga del Principito, arrogante, segura de sí misma, pero a su vez con unos sentimientos que no sabe expresar sino de manera afectada que con frecuencia hace sentir mal al Principito. Cuando él decide partir, las disculpas de la flor no lo disuaden, tampoco ella lo pretende, es demasiado tarde. Simplemente, no se puede prestar tanta atención a una única flor cuando uno tiene la inteción de explorar el universo.

También pensé en cuántas veces desechamos algo porque no es perfecto, porque no es lo que esperamos, porque sale de los cánones de belleza o utilidad estándar. Más triste me parece cuando nos rechazamos a nosotros mismos o a los demás por no encajar en ese patrón de lo social o personalmente requerido de antemano. Y me pregunté cuántos pensamientos y sentimientos se encontrarán olvidados en lo profundo de nosotros, descomponiéndose melancólicamente como aquellas rosas en la basura.

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