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Time Lapse

Son las palabras que dan nombre a una técnica fotográfica de principios del siglo XX que (como tantas otras) la fotografía digital ha puesto al alcance de los aficionados. Consiste en realizar una secuencia de instantáneas separadas por un intervalo de tiempo determinado (de ahí su nombre) que luego se proyectan con una tasa de imágenes por segundo mucho mayor. Time Lapse es el modo en que están elaborados los vídeos en los que vemos transcurrir una puesta de sol o la apertura de una flor en unos segundos, imágenes recurrentes en películas y documentales. Podéis encontrar detalles de esta técnica en la wikipedia (sólo en inglés, lo siento, el articulo en castellano es de escasa calidad).

Hace algunos meses, encontré por casualidad dos trabajos de un fotógrafo profesional en los que capta de manera magistral el ritmo y la esencia de la ciudad de Nueva York. Los considero dos poemas audiovisuales con un toque de genialidad indiscutible. No sé si es nostalgia, pero hay algunos momentos que me parecen sobrecogedores. Creo que cualquiera que haya pasado algunos días en Manhattan coincidirá conmigo.

Os recomiendo que uséis la versión HD (aunque tarde un poco en cargar) y los veáis en pantalla completa.



Top of the Rock, Top of the World

New York City. Calle 50, entre las avenidas quinta y sexta. Una puerta giratoria, igual en apariencia a tantas otras en la ciudad que nunca duerme, esconde el acceso a uno de los lugares más impactantes que he pisado jamás.

Un ascensor de aceleración y velocidad casi excesivas permite alcanzar la sexagésimo séptima planta del edificio GE. La panorámica de Manhattan desde allí corta la respiración. Algunos instantes después, cuando el reflejo respiratorio de supervivencia vuelve a enviar oxígeno al cerebro, algo llama fuertemente la atención: la sensación de vértigo es nula. No tengo pánico a las alturas, pero cuando me asomo por el antepecho de la cubierta del edificio donde vivo, la más que modesta altura (una novena planta) es suficiente para pellizcar ligeramente mi estómago. Desde el Top of the Rock, sin embargo, es tal la masa de construcciones a tu alrededor que ver la calle a través del espacio entre dos rascacielos, es casi como observar el tráfico lejano de una carretera de montaña desde el otro lado del valle. Quizá también influya que no encontré ningún punto de “caída vertical” pues el perímetro exterior está protegido por una pared de paneles transparentes.

Todavía es posible ascender tres plantas más, hasta la septuagésima, una estrecha terraza a 260 metros del asfalto neoyorquino. No es el punto más alto de la ciudad, el mirador del Empire State Building se eleva a 320 metros, pero sí la más impresionante, puesto que no puedes disfrutar del edificio más alto de la ciudad cuando estás sobre su propia cima. Además del Empire State o el Chrysler hacia el sur, es impresionante dar media vuelta y perder la vista en la vasta extensión de Central Park, en su espesura y sus lagos. Creo que sólo allí, pude percibir la auténtica dimensión del parque.

Afortunadamente, no hay límite de tiempo para disfrutar de este peculiar observatorio. Cuando has dejado de buscar siluetas conocidas a tu alrededor, cuando tus ojos se relajan y tu visión se desenfoca parcialmente, perdiéndose en la ciudad infinita, cuando la luz del sol se debilita hasta extinguirse por completo y tu pensamiento vuela sobre las miles de luminarias que acaban de nacer por toda la ciudad, entonces, sólo entonces, comienzas a escuchar los latidos.

Al principio es un rumor frágil, desconcertante, porque te rodea, pero no parece venir de ningún sitio en particular. Después una conexión, como un relámpago, luego otra y otra más. Y se multiplican por miles, por cientos de miles, por millones. Y sientes que todas esas almas, con su vida acelerada y sus preocupaciones, pero también con sus alegrías y su búsqueda de la felicidad, comparten algo contigo. Y allí, en la cumbre de la civilización, sintiéndote uno y muchos al mismo tiempo puedes intuir la paradoja ineludible de la humanidad.

Inmensidad

Tenía a medio escribir un borrador sobre la existencia superflua y mal sonante del verbo “exilar” y la locución “puede ser posible”, sin embargo, a veces la realidad golpea con fuerza y deja sin respiración. El impacto es helado como un opresivo puño de escarcha que aprisiona el pecho y dificulta los latidos del corazón.

Ayer, mientras mi mirada se perdía en un mar ocre de ondulantes colinas salpicado de rocosas islas grises, mi mente vagaba en la distancia intentando abarcar lo inconmensurable. Entonces comencé a percibir de una manera quieta y abrumadora la enorme magnitud de cuanto me rodeaba, el escasísimo espacio a mi alcance, los brevísimos instantes de tiempo que supone mi existencia. Como un grano de arena en el desierto, como una partícula de polvo de estrellas en la inmensidad del universo sentí el vibrante pulsar de la naturaleza, inexorable y extraño.

Comprendí también cómo en ese preciso momento había miles de millones de otros pensamientos y cómo el mío era absolutamente irrelevante entre todos ellos, mi vida, insignificante entre otros miles de millones de vidas que son sólo unas pocas de entre las que fueron y las que serán. Así, noté como aumentaba la distancia que me separa de todos y cada uno de los que me rodean y me invadió una amarga soledad, eterna  y cruel compañía que a veces se divierte haciéndome creer que se aleja para luego dar un tirón a la cadena que nos une y agitarla ante mí con una carcajada indolente para mostrar que tiene menos eslabones que nunca.

Esta entrada del blog no es un lamento gratuito, es lo poco que puedo ofrecer a las personas que me soportan con más frecuencia y alguna que otra vez han encontrado en mí un muro de silencio y una mirada perdida u otra ingratitud semejante. Es por vosotros (algunos leeréis esto, otros no) por los que despertarse cada mañana conserva todavía algo de sentido.

Silencio

Mil veces callo que romper deseo
el cielo a gritos, y otras tantas tiento
dar a mi lengua voz y movimiento,
que en silencio mortal yacer la veo.


Anda cual velocísimo correo,
por dentro el alma, el suelto pensamiento
con alto y de dolor lloroso acento,
casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.


No halla la memoria o la esperanza
rastro de imagen dulce y deleitable
con que la voluntad viva segura.


Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
muerte que tarda, llanto inconsolable,
desdén del cielo, error de la ventura.

Francisco de Aldana

Tiendas de Museo

Hay tiendas que podrían estar expuestas en un museo (al fin y al cabo hay galerías de todo tipo de elementos absurdos). Me vienen a la mente un par de comercios en ese entorno casi ficticio que forma el Nikolaiviertel berlinés. Uno de ellos vende juguetes de madera hechos a mano, en el otro se pueden adquirir todo tipo de animales de peluche ataviados como profesionales de las áreas más variopintas: médicos, enfermeros, policías, profesores…

Sin embargo, el título de esta entrada se refiere a las tiendas oficiales que se pueden encontrar en cualquier museo de mediana entidad. A pesar de que ir de tiendas es algo que no me llama especialmente la atención (tampoco me molesta, salvo que sea para comprarme ropa, pero esto es algo de lo que hablaré en otra ocasión), podría pasar horas entre los expositores y estanterías de los espacios de venta de lugares como el Louvre, el Museo Británico, la National Gallery londinense o el museo del Prado.

El Gato de Gayer-Anderson. La réplica de mayor calidad está disponible en el Museo Británico por un precio superior a las 2000 libras esterlinas

El Gato de Gayer-Anderson. La réplica de mayor calidad disponible en el Museo Británico supera las 2000 libras esterlinas

En primer lugar, es posible encontrar libros especializados casi imposibles de encontrar en otros lugares, bien porque son producciones de los propios departamentos del museo o porque en ningún otro sitio existe tan variedad.

También disponen de artículos exclusivos insiprados en objetos de la colección. Desde calendarios con láminas o fotografías y tazas de desayuno hasta réplicas de la serie de tapices de “La Dama y el Unicornio” o de piezas de arqueología egipcias (que pueden superar fácilmente los trescientos euros y en algunos casos alcanzar cantidades desorbitadas). En un punto intermedio la mayoría de las tiendas también ofrecen camisetas, complementos, juegos, menaje, joyería…

Por último, (aunque no menos importante) no puedo olvidar otro de mis favoritos: el material de papelería. Lápices, gomas de borrar, colores, ceras, reglas, tacos de notas, libretas, diarios, agendas. Todo con el ligero toque de exclusividad que da la impresión de un logotipo o el diseño basado en una (o varias) obras de arte.

 

Supongo que después de este post a nadie sorprenderá que uno de mis sueños más recurrentes es que llego al mostrador de uno de estos establecimientos y digo: “póngame uno de cada, por favor”.

Nunca estuve en Venecia…

… pero durante algún tiempo, dormí en una habitación con una ventana a la plaza de San Marcos. Cuando me despertaba por la mañana, podía observar las cúpulas bizantinas de la catedral y la cuádriga traida de Constantinopla entre los refulgentes mosaicos de su fachada.
La imponente figura del campanile me ocultaba una parte del palacio ducal aunque alcanzaba a observar un pequeño grupo de los característicos arcos sobre la balaustrada del primer piso. A la izquierda, junto a la procuradería vieja, siempre me llamó la atención la enorme figura de bronce de uno de “los dos moros” que golpeaban la campana de la torre del reloj.
En la plaza, entonces aún sin pavimentar por completo, solía haber grupos dispersos de viandantes, algunos más ociosos, en animada conversación, se refugiaban bajo la sombra que a esa hora proyectaba la procuraduría nueva, otros recorrían bajo el sol el camino hacia el mercado: numerosos toldos y tenderetes se apiñaban ante la Basílica y en el lateral izquierdo de ésta.
Si cerraba los ojos, podía escuchar las voces de los comerciantes y reconocer el aroma de algunas especias procedentes de lejanos países y, aguzando los sentidos un poco más, era capaz de distinguir los sonidos propios del trabajo de los barqueros en la entrada del Gran Canal y el olor del Mediterráneo.

 

 

Y es que es fácil asomarse a uno de esos paisajes urbanos que forman la casi imaginaria Venecia de Canaletto y dejarse llevar por la detallista pintura de uno de los maestros del “vedutismo”, el artista que consiguió que los venecianos desearan ver su ciudad como la mostraban sus obras.

 

La Densidad del Aire

Málaga no es una ciudad de urbanismo deslumbrante. Sus edificios, calles o plazas nunca me parecieron nada del otro mundo. Tiene rincones, es cierto, y si llevas toda la vida viviendo aquí acabas asociando lugares con buenos recuerdos.

Sin embargo, reconozco un encanto indudable en el entorno. El mar, la bahía, el verdor del monte Gibralfaro coronado por la alcazaba y el castillo, las sierras de alrededor… Siempre que conduzco a través del puente que conecta el paseo marítimo Antonio Machado con la avenida Manuel Agustín Heredia pienso que la vista de la fortaleza sobre la colina enmarcada por los edificios de primer plano merecen una fotografía que nunca he llegado a hacer.

Justo desde ese punto, pero volviéndonos hacia el norte, el cauce del río Guadalmedina conduce la mirada hasta las montañas que rodean la ciudad por ese punto cardinal, cubiertas de una vegetación mucho más austera.

Mientras el semáforo de ese cruce me retenía hoy en mi recorrido habitual de los lunes por la tarde, pensé que casi se podría medir la densidad del aire sólo con esas dos imágenes: mientras que el bosquecillo y las murallas de Gibralfaro se mostraban nítidamente bajo los juegos de luces y sombras del atarceder, una suave bruma filtraba la luz más homogénea que llegaba desde las altas y más lejanas montañas del interior.

 

Y en momentos como ese, pienso que quizá este no sea del todo un mal lugar para vivir.

Rincones fuera del tiempo

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Hay, a veces, lugares en el universo en los que el tiempo parece haberse detenido. No son espacios físicos o al menos no únicamente sino que su existencia está ligada a otras variables como el momento exacto, el tiempo atmosférico, la compañía (o la ausencia de ella) y en ocasiones a circunstancias imperceptibles e inexplicables.

Querríamos que fuesen para siempre y sentimos su inherente fragilidad con cada latido de nuestro corazón, susurro constante, que nos recuerda que estamos atados, que lo que nos ocurre no depende exclusivamente de nuestras voluntades.

Estos lugares se alejan inexorablemente de nosotros y nos invade una sensación de pérdida irreparable, un desencanto emocional, quizá existencial, una frustración amarga.

Pero, ¿no es apasionante la búsqueda de tales lugares o su encuentro inopinado? La vida puede ser un continuo imprevisto, y un imprevisto puede convertirse en nuestra única esperanza.

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