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Un viaje de cuatro siglos

Estaba escribiendo una entrada anodina sobre mi reciente visita a las ciudades de Baeza y Úbeda cuando el sabor aséptico, digno de discurso de guía turístico, me ha amargado la relectura. Estos dos enclaves conforman un entorno en cierto modo único, que no merece reducir el post a una mera enumeración de hitos monumentales, como si del margen de un folleto se tratase.

Como preámbulo a las sensaciones que he tenido en este breve viaje, he de decir que siempre he tenido cierto complejo de “eclecticismo urbanístico de escaso valor”. No minusvaloro la capital en la que vivo y aprecio las ventajas que tiene este rincón del Mediterráneo, pero no puedo evitar cierto “desconsuelo artístico” producido por la mezcla indiscriminada de estilos que no consolida un entorno claramente contemporáneo ni tampoco un núcleo de fuerza histórica. Por si fuera poco, las manifestaciones artísticas arquitectónicas con las que me siento más identificado (las que se desarrollaron en Europa entre los siglos XI y XVI) brillan por su escasez.

No extrañará entonces mi sorpresa, cuando tras atravesar un monótono mar de olivos encontré estas dos pequeñas maravillas del arte renacentista. Úbeda imperial y altiva. Baeza más recogida, pero también más acogedora, con un encanto difícil de igualar. Merece la pena pasear por sus plazas y entre sus palacios, dejarse caer por pasajes empinados y asomarse a sus miradores, desde donde la bruma se mezcla con el gris verdoso de sus campos evocando los versos de un poeta que, como estas dos ciudades, fue andaluz y castellano al tiempo:

¡Olivares y olivares
de loma en loma prendidos
cual bordados alamares!
¡Olivares coloridos
de una tarde anaranjada;
olivares rebruñidos
bajo la luna argentada!
¡Olivares centelleados
en las tardes cenicientas,
bajo los cielos preñados
de tormentas!….

Y de la centuria ser arrastrado por la corriente del tiempo hacia el pasado, a través de calles y muros de piedra, que devuelven al caminante junto con el eco de sus propios pasos otros rumores de un tiempo lejano en el que resuenan los acordes de la polifonía clásica. Un tiempo de evolución científica y artística, de afán de descubrimiento, un tiempo de cambio de era.

 

Time Lapse

Son las palabras que dan nombre a una técnica fotográfica de principios del siglo XX que (como tantas otras) la fotografía digital ha puesto al alcance de los aficionados. Consiste en realizar una secuencia de instantáneas separadas por un intervalo de tiempo determinado (de ahí su nombre) que luego se proyectan con una tasa de imágenes por segundo mucho mayor. Time Lapse es el modo en que están elaborados los vídeos en los que vemos transcurrir una puesta de sol o la apertura de una flor en unos segundos, imágenes recurrentes en películas y documentales. Podéis encontrar detalles de esta técnica en la wikipedia (sólo en inglés, lo siento, el articulo en castellano es de escasa calidad).

Hace algunos meses, encontré por casualidad dos trabajos de un fotógrafo profesional en los que capta de manera magistral el ritmo y la esencia de la ciudad de Nueva York. Los considero dos poemas audiovisuales con un toque de genialidad indiscutible. No sé si es nostalgia, pero hay algunos momentos que me parecen sobrecogedores. Creo que cualquiera que haya pasado algunos días en Manhattan coincidirá conmigo.

Os recomiendo que uséis la versión HD (aunque tarde un poco en cargar) y los veáis en pantalla completa.



Top of the Rock, Top of the World

New York City. Calle 50, entre las avenidas quinta y sexta. Una puerta giratoria, igual en apariencia a tantas otras en la ciudad que nunca duerme, esconde el acceso a uno de los lugares más impactantes que he pisado jamás.

Un ascensor de aceleración y velocidad casi excesivas permite alcanzar la sexagésimo séptima planta del edificio GE. La panorámica de Manhattan desde allí corta la respiración. Algunos instantes después, cuando el reflejo respiratorio de supervivencia vuelve a enviar oxígeno al cerebro, algo llama fuertemente la atención: la sensación de vértigo es nula. No tengo pánico a las alturas, pero cuando me asomo por el antepecho de la cubierta del edificio donde vivo, la más que modesta altura (una novena planta) es suficiente para pellizcar ligeramente mi estómago. Desde el Top of the Rock, sin embargo, es tal la masa de construcciones a tu alrededor que ver la calle a través del espacio entre dos rascacielos, es casi como observar el tráfico lejano de una carretera de montaña desde el otro lado del valle. Quizá también influya que no encontré ningún punto de “caída vertical” pues el perímetro exterior está protegido por una pared de paneles transparentes.

Todavía es posible ascender tres plantas más, hasta la septuagésima, una estrecha terraza a 260 metros del asfalto neoyorquino. No es el punto más alto de la ciudad, el mirador del Empire State Building se eleva a 320 metros, pero sí la más impresionante, puesto que no puedes disfrutar del edificio más alto de la ciudad cuando estás sobre su propia cima. Además del Empire State o el Chrysler hacia el sur, es impresionante dar media vuelta y perder la vista en la vasta extensión de Central Park, en su espesura y sus lagos. Creo que sólo allí, pude percibir la auténtica dimensión del parque.

Afortunadamente, no hay límite de tiempo para disfrutar de este peculiar observatorio. Cuando has dejado de buscar siluetas conocidas a tu alrededor, cuando tus ojos se relajan y tu visión se desenfoca parcialmente, perdiéndose en la ciudad infinita, cuando la luz del sol se debilita hasta extinguirse por completo y tu pensamiento vuela sobre las miles de luminarias que acaban de nacer por toda la ciudad, entonces, sólo entonces, comienzas a escuchar los latidos.

Al principio es un rumor frágil, desconcertante, porque te rodea, pero no parece venir de ningún sitio en particular. Después una conexión, como un relámpago, luego otra y otra más. Y se multiplican por miles, por cientos de miles, por millones. Y sientes que todas esas almas, con su vida acelerada y sus preocupaciones, pero también con sus alegrías y su búsqueda de la felicidad, comparten algo contigo. Y allí, en la cumbre de la civilización, sintiéndote uno y muchos al mismo tiempo puedes intuir la paradoja ineludible de la humanidad.

Washington D.C.

El “District of Columbia” es una región de los Estados Unidos, entre Maryland y Virginia, que no pertenece a ningún estado, sino que forma un distrito federal en el que se encuentra la capital del país (como curiosidad, también hay un estado que recibe el nombre del primer presidente, pero se encuentra en la costa oeste, en la frontera con Canadá). Un fin de semana es tiempo escasísimo para visitar esta capital en profundidad, pero permite acercarse al National Mall y conocer algunos de los lugares más famosos de toda la geografía norteamericana.

Desde el Capitolio al monumento a Lincoln, todos los edificios del entorno, ya sean oficinas gubernamentales o museos nacionales de la institución Smithsonian, transmiten una sensación de desmesura brutal, casi de megalomanía. Los revivals arquitectónicos se mezclan (aunque el neoclasicismo impera) dando lugar a una curiosa combinación que podría pensarse planificada por un niño. Más al oeste, en el cementerio de Arlington, descansan los cuerpos de cientos de miles norteamericanos, militares en su mayoría, en una inmensa extensión de tierra marcada por un mar de pequeñas lápidas blancas. Aunque el camposanto tiene también tumbas más recargadas, el paisaje global parece minimalista en comparación con la ciudad al otro lado del río Potomac.

El National Mall acoge además la “Isla de los Museos” de la capital estadounidense (si se me permite la comparación). Pudimos visitar el ala oeste de la Galería Nacional de Arte (con algunas pinturas interesantes que quizá comente otro día) y el de historia americana donde las piezas que más llaman la atención de los turistas son los zapatos que Judy Garland usó en El Mago de Oz o la colección de vestidos de fiesta de las primeras damas (aunque en mi opinión es bastante discutible que estos objetos pertenezcan a la historia). En la tienda del museo compramos un kit “emule a un político con afanes de grandeza” del que hicimos uso ayer. El resultado no es tan magnificente como el de los diseñadires de Washington DC, pero a nosotros nos pareció divertido.

Regatear en Broadway

Hay en los alrededores de Times Square (y en otros sitios turísticos de NYC) una profusión de tiendas que podríamos llamar de electrónica, aunque muchas de ellas tienen artículos de todo tipo como ropa o souvenirs. Quizá lo más correcto sería llamarlas “bazar” en sentido amplio.

Por simple curiosidad (y supongo que con una vaga intención de compra), el sábado por la tarde entramos en una de ellas para preguntar por una lente de conversión gran angular para una réflex digital (una óptica adicional que se coloca sobre el objetivo para ampliar el “campo de visión”). Estas lentes son una solución de bajo coste para los aficionados que no quieren invertir en un objetivo angular específico (entre 700 y 900 € por uno de calidad media) pero tienen la desventaja de reducir la resolución y luminosidad del objetivo.

No teníamos una referencia muy clara, pero algún rato antes habíamos aprovechado la wifi gratuita de la New York Public Library para consultar una página española de accesorios de fotografía dónde encontramos esta lente por 79.99€.

Acabábamos de entrar en la tienda cuando nos asaltó lo que en mi casa llamamos “un vendedor”. Uno de estos de lengua y manos largas, de los que no sólo no dejan hablar sino que también intercalan continuamente preguntas que no tienen nada que ver con la venta: ¿de dónde sois? ¿En qué trabajas? ¿Qué estudias? ¿Dónde vais a ver la final del mundial? Lo primero que hizo al enseñarle la cámara fue colocar un filtro neutro (espero) al 18-55 que estaba montado diciendo “nunca le quites esto al objetivo”. Esa parecía ser otra de sus virtudes, el don de consejo. No paraba de salvarnos la vida con indicaciones del tipo “nunca apoyes el objetivo por la parte trasera”, “cuando tomes una foto con una focal larga, mantén la respiración para que no se te mueva”… Estoy seguro de que se sentía generoso de no cobrarnos por todos esos secretos profesionales de la fotografía que estaba compartiendo con nosotros.

Cuando por fin le preguntamos por el precio de las lentes (porque nos estaba vendiendo un juego de angular y macro) giró la caja y nos enseñó una etiquetaba que marcaba… ¡1899$! Barato, ¿no? Pues por ser nosotros estaba dispuesto a rebajarlo hasta un 50% a pesar de que era un artículo novísimo que acababa de salir al mercado una semana antes (certificado sin duda alguna por la etiqueta del precio). Le respondimos que aún así era muy caro, que no queríamos gastar tanto.

Entonces nos sacó otro juego “no tan bueno, que pero también funciona” de unos 300$ y nos hizo perder el tiempo volviéndolo a enroscar en la cámara para probarlo (yo ya me estaba poniendo nervioso porque tenía claro que no íbamos a comprar nada allí, se acercaba la hora impresa nuestras entradas para Mary Poppins y teníamos que caminar de la 50 a la 42). Este también tenía descuento, lo dejaba en 200$, pero debíamos considerarlo bien, porque se lo había pensado y nos dejaba el anterior por… 350… ¡no, 299$!

Le dijimos que habíamos visto uno en España por unos 100$ a lo que contestó que no serían tan buena como la que él nos vendía. Cuando le respondimos (no por regatear, sino porque queríamos irnos) que de todos modos no queríamos gastar 300$ nos respondió que era su oferta, que lo tomábamos o lo dejábamos.

Lo dejamos, por supuesto. Salí un poco indignado de aquella tienda. No soy tan inocente como para caer en las trampas baratas de un vendedor, pero sí que era tan ingenuo como para creer que en pleno siglo XXI no me iba a encontrar a ese tipo de timador en pleno Broadway.

Aquí podéis leer (en inglés) comentarios de los desafortunados compradores de este establecimiento. Es increíble como puede haber tanta gente que se deja engañar.

Menos mal que sólo unos minutos después alguien me contó que… “a spoonful of sugar helps the medicine go down in a most delightful way”.

Cinco cosas que he aprendido en una semana

No me gustaría crear tópicos sobre un país de más de nueve millones de kilómetros cuadrados y más de trescientos millones de habitantes a partir de la diminuta proporción de la costa este a la que he podido echar un vistazo. Sin embargo, algunas cosas me han llamado la atención:

1. En EEUU existen las bolsas de plástico. Por más acostumbrados que el cine y la televisión nos tengan a las bolsas de papel reciclable y reciclado, todas mis compras aquí han sido en bolsas de plástico.

2. No he visto un sólo coche de los que en Europa entendemos por “compacto” o “urbano”. Ni Corsas, ni Fiestas, ni Ibizas, ni Yaris… La mayoría de los coches son tipo sedán, algunos familiares y una cantidad ingente de todoterrenos. ¿Y no hay problemas de aparcamiento? Pues aquí en New Brunswick, no creo: las plazas de aparcamiento pintadas (cada una con su propio parquímetro) podrían albergar una pequeña tanqueta. No creo que tuviese que hacer maniobra alguna para aparcar mi pequeño Getz en ellas.

3. Los precios en las tiendas no tienen el IVA incluido. Es más, el IVA como tal ni si quiera existe. Su equivalente, el “sales tax” (que según la wikipedia funciona de una manera ligeramente distinta) depende de cada estado y es bastante más bajo que en España (más ahora que nos lo han subido al 18%). Por ejemplo, en la ciudad de New York es del 8.875%. En cualquier caso, resulta un tanto desconcertante pedir un cono de un dolar en McDonalds y que en realidad cueste 1.08$.

4. En esta parte del mundo, la gente también dice “oooohhhhhh” cuando estalla un cohete de fuegos artificiales. Sin embargo, las personas que se encontraban a mi alrededor durante el espectáculo pirotécnico del 4 de Julio en Nueva York eran bastante más efusivas de lo que suelen serlo en Málaga. Aplaudían, gritaban y ovacionaban con mucha más frecuencia, como si para ellos fuese algo novedoso o especialmente sorprendente.

5. Las luciérnagas existen más allá de los cuentos de hadas o las series de animación infantiles. Ya, ya sé que no haber visto en mi vida una luciérnaga hasta ahora no dice mucho de mi afán aventurero. Reconozco que nunca me he internado en la selva negra alemana, ni en los páramos escoceses, pero alguna vez sí que he estado en el campo y no recuerdo haber encontrado estos simpáticos coleópteros. De todos modos, no ha sido en lo profundo de un parque natural donde he visto saltar decenas de lamparitas fluorescentes sino en los jardines del campus universitario a cinco minutos de casa.

Prometo fotos en breve. Dadme algo de tiempo. El fin de semana espero estar en Nueva York casi todo el día.

Chicago en el Cambridge Theatre

Una de las actividades “programadas” en el viaje a Londres del pasado puente era asistir a un musical. En realidad, lo que estaba programado era que en un determinado momento del sábado nos acercaríamos al puesto de “tkts” de Leicester Square e investigaríamos si ofertaban alguna entrada que mereciera la pena.

Después de preguntarnos por qué hay tantos locales de venta de entradas a precio reducido en torno a la plaza (sólo en Charing Cross Road hay varios) y preguntar en uno de ellos, retornamos a nuestra idea original y adquirimos en “tkts” cuatro localidades de primer piso (dress circle) que aunque separadas en dos parejas, se encontraban bastante centradas en segunda y tercera fila. El precio tampoco estuvo mal, 32£ en lugar de su precio habitual de unas 60. El musical, Chicago.

Chicago

La escenografía era bastante sencilla: un sólo decorado en forma de grada donde estaban los instrumentistas y el director, algunas partes móviles y poco atrezzo (un par de sillas, algunas armas). Los intérpretes buenos, aunque ninguno destacaba especialmente ni como actor ni como cantante (quizá el marido de Roxie y su “Mr. Cellophane”). A pesar de esto el resultado global es un musical muy entretenido. Las canciones, las coreografías, la forma de llevar a cabo las escenas, el director de orquesta saltarín…

Es inevitable comparar con la película de Rob Marshall que tuvo presupuesto de superproducción, una puesta en escena espectacular y un reparto de “superestrellas” (Catherine Zeta-Jones, Renée Zellweger, Richard Gere) y… también toda la postproducción que creyesen necesaria. Me gusta mucho esa cinta, pero la música y la interpretación en directo tienen una cercanía y una capacidad de emocionar muy distintas a las del cine.

Incluso aunque no sea técnicamente brillante, merece la pena, sin embargo, yo no podría haberme permitido las 60£ de la entrada. Tendré que esperar un premio de lotería si algún día quiero ver “El fantasma de la ópera” o “Los Miserables”…

La chica que vivía atrapada en el medidor de maletas demasiado pequeño

Acabo de volver de una escapada de puente a Londres. Hay varios temas sobre los que me gustaría escribir (tarde o temprano lo haré), pero no quería dejar pasar más tiempo antes de homenajear a la señorita que asistió el embarque del vuelo EasyJet Málaga – Gatwick con el que llegué a la capital del Reino Unido.

Con sólo acercarnos al mostrador ya disparó:

- ¡Uy, uy, uy! Lleváis más de un bulto. Sólo se puede pasar con un bulto y esas maletas son muy grandes, veremos a ver si caben. ¡Venga a probarlas!

Nosotros nos quedamos un poco sorprendidos de los modos, pero nos dispusimos a reorganizar el espacio para ver si los bolsos de las chicas nos encajaban en el equipaje y a comprobar nuestras maletas en la estructura metálica que se supone tiene las medidas máximas. La primera no entró.

- ¡Claro! Si es que se está viendo, es demasiado grande. Tienes que facturarla. ¡La siguiente!

La siguiente cumplía claramente las medidas, pero era demasiado gruesa.

- Esa puede pasar, ¡pero te las apañas como sea, la maleta tiene que caber! ¡Y además el bolso o lo metes dentro o tú verás lo que haces, pero sólo puedes pasar con un bulto!

Mi amiga pensó en voz alta “Bueno, intentaré meter todo en la maleta y luego cuando entre ya veré si puedo sacar algo”. Preocupada sobretodo por una réflex digital nueva que prefería llevar con ella por seguridad.

- ¡¡¡De eso nada!!! Al avión entras con un bulto nada más. ¡Te voy a estar vigilando, ¿eh?!

Me pareció el colmo, pero aún hubo más. Las dos últimas maletas tampoco entraban en el “medidor”. Aunque el volumen del “contenedor” no sobrepasaba los límites, la estructura de ruedas, apoyos y asas impedía que entrara por completo. Infeliz de mí, se me ocurrió sugerir:

- Voy a probar a meter primero un lado y luego el otro para que no se atasquen las ruedas.

- ¡No, no, no! ¡Si no cabe, no cabe! ¡Es que si haces eso entra cualquier cosa!

- Mujer, cualquier cosa, cualquier cosa… no. – se me ocurrió replicar, supongo que por la tensión del momento.

- ¡Uy! Es que tu no sabes la de gente que he visto yo, venga a empujar y a empujar. ¡Intentan meter cualquier cosa!

De acuerdo, al final pasamos por el aro. No queríamos problemas, nos íbamos de fin de semana. Queríamos pasarlo bien y supongo que siempre se tiene un poco de miedo de que te dejen en tierra.

Me parece lamentable que EasyJet quiera hacer caja con el equipaje de mano, pero al fin y al cabo, puedo entender que las normas son las normas y cuando compré los billetes, las acepté. Me quejaré por una vía oficial sirva de algo o no. Lo que me parece totalmente inadmisible es la chulería y la mala educación en el trato al cliente y como sé que en ese aspecto sólo me queda resignarme, sirva esta entrada de descargo.

Nota 1: a la vuelta, la mayoría de los pasajeros incumplían de un modo u otro las restricciones en el equipaje de mano, así que no les quedó más remedio que hacer la vista gorda. De nuestras maletas, sólo pidieron comprobar, la que en Málaga “claramente no cabía” y que una vez reorganizada era la única que entraba como un guante.

Nota 2: Londres es Londres y el mal rato que nos hizo pasar la encargada del embarque no me duró más de quince minutos. Como dije, me gustaría escribir pronto sobre puntos algo menos negativos…

Nota 3: Si algún compañero, jefe o subalterno de esta chica lee este post, tome como sugerencia dejar una barrita de All-Bran cada mañana en su mesa, taquilla o casillero.

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