Archivo de la categoría: Fragmentos

Fragmento: El niño con el pijama de rayas

– ¿Tú sabes qué quieres ser cuando seas mayor? -preguntó.

– Sí – contestó Shmuel -. Quiero trabajar en un zoo.

– ¿En un zoo?

– Me gustan los animales -dijo Shmuel en voz baja.

– Yo seré soldado -dijo Bruno con decisión -. Como Padre.

– A mi no me gustaría ser soldado.

 

El niño con el pijama de rayas – John Boyne

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Fragmento: El Curioso Incidente del Perro a Medianoche

La gente me provoca confusión.

Eso me pasa por dos razones principales.

La primera razón principal es que la gente habla mucho sin utilizar ninguna palabra. Siobhan dice que si uno arquea una ceja puede querer decir montones de cosas distintas. Puede significar “quiero tener relaciones sexuales contigo” y también puede querer decir “creo que lo que acabas de decir es una estupidez”.

Siobhan también dice que si cierras la boca y expeles aire con fuerza por la nariz puede significar que estás relajado, o que estás aburrido, o que estás enfadado, y todo depende de cuánto aire te salga por la nariz y con qué rapidez y de qué forma tenga tu boca cuando lo hagas y de cómo estés sentado y de lo que hayas dicho justo antes y de cientos de otras cosas que son demasiado complicadas para entenderlas en sólo unos segundos.

La segunda razón principal es que la gente con frecuencia utiliza metáforas.

 

El Curioso Incidente del Perro a Medianoche – Mark Haddon

Fragmento: La Música de Erich Zann

Cada vez más alto, cada vez más frenéticamente, ascendía el chirriante y lastimero alarido de aquel desesperado violín. El solista emitía unos ruidos extraños al respirar y se contorsionaba cual si fuese un mono, sin dejar de mirar temerosamente la ventana con la cortina echada. En aquellos frenéticos acordes creía ver sombríos faunos y bacantes que giraban y bailaban como posesos en abismos desbordantes de nubes, humo y relámpagos. Y luego me pareció oír una nota más estridente y prolongada que no procedía del violín; una nota pausada, deliberada, intencional y burlona que venía de algún lugar lejano en dirección oeste.

 

La Música de Erich Zann – H.P. Lovecraft

Sirens and Mermaids

Hace unos días estuve escuchando un fragmento del tercer nocturno de Claude Debussy, Sirènes. En él, además de la orquesta, interviene un coro de voces femeninas que representa el canto de aquellas que tanto temían los marineros de la antigüedad. Me gustó, aunque no pude evitar cierta sensación de música de película de ciencia ficción (cuando en realidad la relación es a la inversa, es decir, las bandas sonoras copian a Debussy y no al revés, obviamente).

Esto me recordó la confusión que siempre me ha causado la anatomía  de este ser mitológico. Como la mayoría de los niños de mi generación, supongo que le película de Disney determinó bastante mi imagen de una sirena, también mantengo en algún lugar recóndito y difuso de mi memoria unas ilustraciones en un libro de cuentos que ya no poseo que dibujaban a esa misma sirena de Andersen (los libros fueron en mi infancia mucho más importantes que el cine, pero el marketing es el marketing…)

Sin embargo, también como muchos otros niños de mi generación, seguía con entusiasmo la serie de anime Saint Seiya (en España Los Caballeros del Zodíaco) y me entretenía con videojuegos. Ambas experiencias me hicieron encontrar una sirena que no se parecía en nada a aquel ser con torso de mujer y cola de pez en lugar de piernas.

Al final de la saga de Asgard, aparecía un caballero de la Sirena que luego resultó ser uno de los lugartenientes de Poseidón en su saga homónima. La armadura de este caballero tenía alas y aunque estaba decorada con motivos acuáticos (como todas las de los guardianes oceánicos) su soporte se apoyaba mediante unas terribles garras de águila.

Por otro lado, The Battle of Olympus fue un videojuego para NES, con argumento y estilo parecidos a Zelda, pero de fama mucho más limitada y trasladado a la Grecia arcáica. Uno de los parajes que el jugador tenía que explorar era una isla de Creta infestada de monstruos al final de la cual debías derrotar a una mortífera sirena que atacaba desde el aire con sus garras y te aturdía con su canto.

A raíz de aquello descubrí que las sirenas originales, esas que tanto deseaba escuchar Ulises, no tenían cola de pez sino que se parecían más bien a un ave y jamás he conseguido averiguar porqué sufrieron una transformación tan grande.

De hecho muchas lenguas (como el español o el francés) poseen una sola palabra para designar a ambos seres mitológicos, mientras que otros como el inglés sí los distinguen (y La Sirenita tiene por título original The Little Mermaid).

 

¿En qué estaría pensando Debussy cuando compuso la parte final de su “triptyque symphonique”?

Fragmento: Asesinato en el Orient Express

Ratchett habló a su compañero, quien se marchó inmediatamente. Luego se levantó, pero, en lugar de seguir a MacQueen, se sentó inesperadamente en la silla frente a Poirot.

– ¿Podría darme fuego? -preguntó. Su voz era suave, ligeramente nasal-. Mi nombre es Ratchett.

Poirot metió la mano en el bolsillo, sacó una caja de cerillas y se la dio.

– Creo que tengo el placer de hablar con monsieur Hercule Poirot. ¿No es así?

– Ha sido usted correctamente informado, señor.

El detectivo advirtió la mirada astuta que lo evaluaba.

– En mi país vamos directamente al grano – añadió Ratchett -. Quiero que haga un trabajo para mí.

Las cejas de monsieur Poirot se elevaron ligeramente.

Ma clientèle, señor, es bastante limitada. Me ocupo de muy pocos casos.

– Eso me han dicho, monsieur. Pero en este asunto hay mucho dinero -manifestó, para después repetir con su voz dulce y persuasiva-. Mucho dinero.

– ¿Qué es lo que desea usted que haga, Mr… Mr. Ratchett? -preguntó el belga, después de una pausa.

– Monsieur Poirot, soy un hombre rico, muy rico. Los hombres de mi posición tienen muchos enemigos. Yo tengo uno.

– ¿Sólo uno?

– ¿Qué quiere decir usted? -replicó Mr. Ratchett.

– Monsieur, según mi experiencia, cuando un hombre está en situación de tener enemigos, como usted dice, el problema no se reduce a uno solo.

Ratchett pareció tranquilizarse con la respuesta.

– Comparto su punto de vista -dijo rápidamente-. Enemigo o enemigos, no importa. Lo importante es mi seguridad.

– ¿Su seguridad?

– Mi vida está amenazada, monsieur Poirot. Pero soy un hombre que sabe cuidar de sí mismo. -Sacó del bolsillo de la americana una pequeña pistola automática que mostró un momento-. No soy hombre a quien pueda cogerse desprevenido. Pero nunca está de más redoblar las precauciones. He pensado que usted es el hombre que necesito y recuerde que hay mucho dinero de por medio.

Poirot le miró pensativo unos minutos. Su rostro era completamente inexpresivo. El otro no pudo adivinar qué pensamientos pasaban por su mente.

– Lo siento, señor -dijo al fin-. No puedo complacerle.

Ratchett le miró fijamente.

– Entonces dígame usted su cifra.

– No me comprende usted, señor. He sido muy afortunado en mi profesión. Tengo suficiente dinero para satisfacer todas mis necesidades y mis caprichos. Ahora sólo acepto los casos que me interesan.

– ¿Le tentarían a usted veinte mil dólares?

– No.

– Si lo dice usted para conseguir más, le advierto que pierde el tiempo. Sé el precio de las cosas.

– Yo también Mr. Ratchett.

– ¿Qué encuentra usted de malo en mi proposición?

Poirot se puso en pie.

– Si me perdona usted, le diré que no me gusta su cara Mr. Ratchett.

Y acto seguido abandonó el vagón restaurante.

 

Final del Capítulo III