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Ayer, mientras buscaba un par de regalos de cumpleaños, me tropecé en la fnac con El Hematocrítico de Arte, que resultó ser una recopilación editada por ¡Caramba! de entradas de este blog.

En cada publicación, el autor de la bitácora “reinterpreta” una obra de arte (casi todas pinturas de autores de renombre) asignándole un nuevo título en clave de humor. Un poco como esos comentarios que haces cuando te cansas en un museo y empiezas a fijarte en detalles que te parecen absurdos quizá por la técnica pictórica, por las costumbres de otra época, porque el tema te parece lejano…

No es un crack del humor, pero me reí bastante con algunas. Un par de ejemplos (o tres):

 

 

 

Quizá escandalice a algunos eruditos, pero es una manera de dar a conocer la historia de la pintura (aunque puede que su validez sea discutible, no digo que no).

La fuerza del pincel

Entrar un sábado a las 17.30 a la National Gallery de Londres no es muy buena idea. Seleccionar un pequeño grupo de salas que visitar en la media hora restante hasta el cierre es una obligación. Pero al atravesar las habitaciones que conducen hasta las elegidas es inevitable sentir un dolor extraño, como al pasar de largo ante viejos amigos sin detenerte a saludarlos afectuosamente o al perder sin remedio la posibilidad de conocer a otros nuevos.

Esto pensaba al iniciar mi última visita cuando de repente sentí cierto desasosiego y nerviosismo y sin querer me precipité de una habitación a otra. Canaletto, retratos ingleses, Guido Reni y Caravaggio, Constable y Turner. Todo merecía más atención de la que podía y conseguía prestarle. Sin embargo, al acceder al espacio dedicado a Van Gogh y Cézanne un óleo atrajo mi mirada y, golpeando mis sentidos, detuvo al fin mi alocada carrera.

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Hay una fuerza misteriosa en las pinceladas de apariencia brusca del maestro holandés, en su dramatismo sinuoso, en el marcado contraste entre lo definido y lo difuso. Hay algo mágico en el colorido dinamismo expresivo y en la forma sorprendente de crear texturas. Me fijé una vez más en la composición, en el tratamiento de cada uno de los elementos y lo asombrosa que resulta la diferencia entre el aspecto local de cada zona del cuadro y el resultado global.
Al autor también debió de gustarle este paisaje porque es copia de otra que él mismo había pintado un poco antes ese año y que se conserva en el Metropolitan de Nueva York.

Menos de un año después de plasmar este “Campo de trigo con cipreses” cercano a Saint-Rémy, Van Gogh se adentraba en otro no muy lejos de París que le resultaría mucho más letal: en él se pegaría el tiro que acabaría con su vida.
Y es que los genios también son hombres.

Honthorst: Cristo ante el Sumo Sacerdote

Gerard van Honthorst es para mi un pintor paradójico. Sus primeras obras me parecen interesantes, pero su pintura se va transformando en una mala imitación de Caravaggio con una elección poco afortunada de temas y expresividad de los personajes. Especialmente terrible resulta la “Adoración de los pastores”, el rostro casi burlesco de San José es un insulto para la ternura que entiendo desea expresar. Incluso su técnica parece empeorar con el tiempo. Totalmente incomprensible.

Esta escena, sin embargo, tiene algo que atrapa. Es imposible atravesar la sala de la National Gallery de Londres en la que está expuesta sin detenerse un momento ante ella. La tenue iluminación de una vela nos permite contemplar un momento que posee a la vez una tensión histórica y una humildad sobrecogedoras. El grupo de personas del fondo no sólo te ayudan a integrarte como espectador, sino que, por su distribución, te obligan de alguna manera a situarte a uno u otro lado del acontecimiento.

Hay un toque maestro en los gestos, en las miradas algo que invita a la reflexión:

Pero él permanecía en silencio y nada respondió. De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntaba y le decía: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?”

Marcos 14, 61

 

The Lady of Shalott

Hay en la Tate Britain de Londres una pintura de medianas dimensiones que queda fuera del alcance de la mano por lo que observarla obliga a situarse a cierta distancia. Aun desde esa posición se percibe la misteriosa atmósfera que envuelve a una muchacha de largos cabellos rojizos y mirada desesperada que se dirige a un destino fatal.

“There she weaves by night and day 
A magic web with colours gay. 
She has heard a whisper say, 
A curse is on her if she stay 
To look down to Camelot. 
She knows not what the curse may be, 
And so she weaveth steadily, 
And little other care hath she, 
The Lady of Shalott.”

The Lady of Shalott es una obra de John William Waterhouse, basada en un poema artúrico de Lord Tennyson. Aunque el prerrafaelismo suele resultar un poco “saturante”, los colores, la composición e incluso los elementos individuales de este cuadro transmiten de una manera especial incertidumbre, inquietud y angustia.

Los juncos y hojas del primer plano parecen manchas flotantes en el agua densa y oscura del río. El paisaje boscoso del fondo también aparece difuminado. Sin embargo, en el centro de la escena recibe una atención distinta: el dorado adorno de la proa del barco; el farol atado a él, prácticamente sin llama; el crucifijo y las velas, de las que sólo una permanece vacilantemente encendida y la gran tela, donde la propia dama había tejido la lejana realidad que sólo le era permitida ver a través de un espejo.

Nunca estuve en Venecia…

… pero durante algún tiempo, dormí en una habitación con una ventana a la plaza de San Marcos. Cuando me despertaba por la mañana, podía observar las cúpulas bizantinas de la catedral y la cuádriga traida de Constantinopla entre los refulgentes mosaicos de su fachada.
La imponente figura del campanile me ocultaba una parte del palacio ducal aunque alcanzaba a observar un pequeño grupo de los característicos arcos sobre la balaustrada del primer piso. A la izquierda, junto a la procuradería vieja, siempre me llamó la atención la enorme figura de bronce de uno de “los dos moros” que golpeaban la campana de la torre del reloj.
En la plaza, entonces aún sin pavimentar por completo, solía haber grupos dispersos de viandantes, algunos más ociosos, en animada conversación, se refugiaban bajo la sombra que a esa hora proyectaba la procuraduría nueva, otros recorrían bajo el sol el camino hacia el mercado: numerosos toldos y tenderetes se apiñaban ante la Basílica y en el lateral izquierdo de ésta.
Si cerraba los ojos, podía escuchar las voces de los comerciantes y reconocer el aroma de algunas especias procedentes de lejanos países y, aguzando los sentidos un poco más, era capaz de distinguir los sonidos propios del trabajo de los barqueros en la entrada del Gran Canal y el olor del Mediterráneo.

 

 

Y es que es fácil asomarse a uno de esos paisajes urbanos que forman la casi imaginaria Venecia de Canaletto y dejarse llevar por la detallista pintura de uno de los maestros del “vedutismo”, el artista que consiguió que los venecianos desearan ver su ciudad como la mostraban sus obras.

 

El Transparente de la Catedral de Toledo

Este conjunto de elementos arquitectónicos y escultóricos (e incluso pictóricos según me parece adivinar) me tiene ligeramente obsesionado en los últimos días. Fue mencionado en una conversación con mi hermano hace casi dos semanas y desde entonces no me lo he podido quitar de la cabeza.

Estuve en la Catedral Primada y aunque hace casi diez años y en una vista bastante fugaz, me sorprende no haberme fijado en un parche tan espantosamente rococó dentro del gótico esencial del edificio (el arte medieval siempre fue mi preferido, incluso cuando casi no sabía diferenciar a Arnolfo di Cambio de Borromini).

Además, tampoco consigo encontrar una descripción convincente ni una serie de fotografías que permitan hacerse una idea de la estructura del conjunto, lo que le añade cierto misterio.

Por lo que deduzco, el Transparente está situado en el deambulatorio de la catedral a espaldas de la capilla mayor y compuesto por un marmóreo retablo que se prolonga hasta el techo y se extiende por él (y aquí entra en juego la pintura) hasta la parte superior de la capilla de San Ildefonso (que ocupa el lugar central de las capillas de la girola). Es justo en este lugar donde se abre una especie de linterna en la bóveda (que supongo un indudable atrevimiento arquitectónico para la época) e ilumina el retablo que antes comenté.

Lograr una idea de este diseño sólo con las descripciones que encontré en internet y alguna fotografía no fue trivial. Creo que las fotografías de wikimedia commons son las más representativas (especialmente las dos primeras).

Transparente de la Catedral de Toledo

En cualquier caso, sigo sin saber el papel del elemento que da nombre al conjunto, es decir, el “óculo” (que al principio identifiqué erronamente con la abertura en la bóveda) situado en la parte central del retablo.

Un transparente debe ser algún tipo de cristal que sirva de iluminación para un altar. Al principio pensé que debía estar formado por un espejo que reflejaba la luz de la linterna hacia la capilla de San Ildefonso. Luego barajé la posibilidad de que fuese un simple vidrio que dejase pasar la luz proveniente de la parte central de la Catedral, hacia el menos iluminado ábside, pero eso implicaría una abertura gemela en el retablo de la capilla mayor que no parece que exista.

Además el Sagrario aparece mencionado en varios lugares como objetivo final la luz que atraviesa el óculo y no acabo de entender como puede llegar a iluminarse desde esa posición algo que debe estar en la parte baja de la capilla mayor ni siquiera aunque existiera la abertura en el retablo de ésta…

De tal manera ha ocupado este pequeño misterio mis pensamientos que hace unos días soñé que me encontraba visitando la “dives toletana” y contemplaba pasmado el famoso Transparente. Al observar el recorrido de la luz que se colaba por la bóveda, noté que incidía en un cristal rodeado por blancos ángeles y que a través de él debía pasar al cuerpo central del templo. Para seguir el camino del evasivo haz, me introduje por una puerta en la base de este altar de marmol y que lógicamente debía conducir al interior de la capilla mayor. Sin embargo, no pude dejar de sentir un estremecimiento al darme de bruces con la reja de la capilla mayor y comprobar que no estaba dentro sino ¡fuera de ella!

En un alarde de originalidad resolviendo problemas geométricos, mi yo onírico, había girado ciento ochenta grados la orientación de la capilla mayor de modo que la luz que entraba por la linterna de la girola, siguiendo una trayectoria rectilínea, atravesaba el óculo del Transparente e incidía directamente sobre el Sagrario en la base del retablo del altar mayor.

Aunque es probable que una investigación más profunda o una segunda visita a Toledo despejen mis dudas sobre la posición de los distintos elementos de esta estructura, nunca dejaré de preguntarme cómo el Cabildo pudo aprobar una modificación así en la magnífica arquitectura de su Catedral.

Paolo Veronese y Las Bodas de Caná

 

En la pared de la Salle des Etats opuesta a la que alberga al famosísimo “Retrato de Lisa Gherardini”, se puede observar un cuadro que permanece sorprendentemente ignorado por la mayoría los visitantes (que prefieren fijar su atención en la manida obra de Da Vinci). Es el inmenso lienzo de Veronese que presenta el pasaje evangélico de las Bodas de Caná como una gran fiesta veneciana del Renacimiento.

Es un trabajo de innegables y espectaculares contrastes que fue encargado para el refectorio del monasterio benedictino de San Giorgio Maggiore proyectado por Palladio. Llegó a Francia como tantas obras de arte saqueadas por las tropas Napoleónicas y nunca fue devuelto.

Podría pasar horas mirando esta pintura y sus detalles, los personajes, los animales, los utensilios… Pero está a casi mil quinientos kilómetros así que me conformo con contemplar una especie de tapiz no menos impresionante (al menos en proporción) que versiona (con dimensiones y población reducidas) la obra del italiano y “cuelga” del salón de una buena amiga.

Vigeé-Le Brun

Hay centenares de pintores en la historia del arte. Eso explica que a las escuelas e institutos de este país (que de todos modos nunca tuvo una educación muy selecta) sólo hayan llegado un puñado de los considerados “grandes genios” y de estos sólo unas pocas de sus “grandes obras”, como si Da Vinci sólo hubiese pintado la Gioconda (aunque ahora mucha gente conoce también las dos versiones de “La Virgen de las Rocas”, a Dan Brown gracias) o Velázquez sólo hubiese pintado “Las Meninas”.

No creo que la pintura de Elisabeth-Louise Vigeé-Le Brun deba reemplazar a las reproducciones de los frescos de la Capilla Sixtina en los libros de historia, ni tampoco que algunos de sus innumerables retratos representen su época mejor que los inmensos lienzos de Jacques-Louis David, pintor “oficial” del Imperio Napoleónico. Incluso podría llegar a sospechar que parte de la relevancia que actualmente se le otorga en el XVIII francés se debe al hecho de ser una mujer (la paridad y esas cosas, ya sabéis).

A pesar de ello, su estilo delicado y natural merece cierta atención por parte de cualquier aficionado a la pintura. Apunto especialmente a este “Autorretrato con su hija”, pintado en el año de la revolución francesa.

Es un poco cursi, lo admito, pero, ¿no es también entrañablemente tierno y conmovedor?

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Los acuchilladores de parqué y la dificultad de fotografiar pintura

Estaba ojeando un pseudo-catálgo, más bien una selección, de pintura impresionista del parisino Museo d’Orsay en busca de una obra de Renoir (que luego recordé que no se expone allí) cuando he tropezado con “Los acuchilladores de parqué” de Gustave Caillebotte.

Me gustó este cuadro. Tiene un tamaño considerable (aunque no es masivo) y representa una escena “cotidiana” (al menos para determinada esfera social en el siglo XIX). Tres hombres trabajan para poner a punto el suelo de una amplia habitación. La luz, que produce interesantes reflejos en la madera, entra por un ventanal en el fondo por el que se accede a un exiguo balcón que insinúa asomarse a un haussmaniano “grand boulevard”.

Impresiona el detalle de las finísimas virutas de madera esparcidas por la estancia.

Y, ¿por qué no hay una imagen enlazada?

Por el sencillo motivo de que no he encontrado ninguna que muestre el cuadro tal y como yo lo recuerdo. La fotografía del catálogo no está mal, pero tiene un exceso de brillo. Las que encontré por la web, tienen tonos totalmente diferentes.

Soy consciente de que mi recuerdo puede haber alterado la pintura. También de que los colores que yo vi son aquellos que la obra muestra bajo la luz de la sala y condicionados por el entorno, pero es que fueron esos los que me impactaron.

Mi consejo es el siguiente: visita París, acércate a la orilla del Sena y al oeste del Pont Royal, en la orilla opuesta a las Tullerías, encontrarás un edificio que un día fue una estación de tren y hoy alberga las más importantes obras de arte del XIX francés, piérdete en su interior, pero no dejes de visitar la sala número 30 y a los peculiares personajes que en ella trabajan la madera.