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Practically Perfect

Cuando atravesé las puertas del New Amsterdam Theatre de Broadway, no estaba muy seguro de lo que iba a encontrar en su interior. Mi anterior experiencia en un musical había sido positiva y muy entretenida, pero no del todo excepcional.

Tras unos minutos de espera en la sala de marcado estilo Art Nouveau que evoca el Sueño de una Noche de Verano, las luces bajaron su intensidad. Silencio contenido de la multitud que llenaba el teatro, un gesto del director y los acordes de la obertura de Mary Poppins marcaron el inicio de un espectáculo musical realmente impresionante.

La escenografía es colorista de cuidados detalles y muy elaborada: decorados móviles (como la enorme casa de los Banks que se “desliza” hacia atrás cuando es necesario o la buhardilla de los niños que baja y se descubre cuando el cuadro transcurre allí) y telones proyectados que cambian instantáneamente el invierno en primavera son algunos de los elementos que contribuyen a la sensación de inmersión.

La interpretación es muy natural y los jóvenes actores que representan los papeles de Jane y Michael sorprenden por su frescura y desenvoltura. L. M. Kelly (Mary Poppins) conquista al público desde la primera escena y mantiene su magia hasta el “vuelo final”. Todas las voces encajan a la perfección en sus personajes y combinan con una musicalidad propia de las producciones de Disney. Además, las coreografías y los números corales destacan por una coordinación y cohesión extraordinarias, a pesar del elevado número de actores que participan en algunos de ellos.

Al acabar la función, mis reservas iniciales se habían transformado en admiración por un montaje verdaderamente divertido, casi perfecto, capaz de hacer reír, pero también de conmover y sobre todo de despertar ese sentimiento de fascinación que deja melodías revoloteando a tu alrededor y unas extrañas ganas de subir a un escenario.

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Chicago en el Cambridge Theatre

Una de las actividades “programadas” en el viaje a Londres del pasado puente era asistir a un musical. En realidad, lo que estaba programado era que en un determinado momento del sábado nos acercaríamos al puesto de “tkts” de Leicester Square e investigaríamos si ofertaban alguna entrada que mereciera la pena.

Después de preguntarnos por qué hay tantos locales de venta de entradas a precio reducido en torno a la plaza (sólo en Charing Cross Road hay varios) y preguntar en uno de ellos, retornamos a nuestra idea original y adquirimos en “tkts” cuatro localidades de primer piso (dress circle) que aunque separadas en dos parejas, se encontraban bastante centradas en segunda y tercera fila. El precio tampoco estuvo mal, 32£ en lugar de su precio habitual de unas 60. El musical, Chicago.

Chicago

La escenografía era bastante sencilla: un sólo decorado en forma de grada donde estaban los instrumentistas y el director, algunas partes móviles y poco atrezzo (un par de sillas, algunas armas). Los intérpretes buenos, aunque ninguno destacaba especialmente ni como actor ni como cantante (quizá el marido de Roxie y su “Mr. Cellophane”). A pesar de esto el resultado global es un musical muy entretenido. Las canciones, las coreografías, la forma de llevar a cabo las escenas, el director de orquesta saltarín…

Es inevitable comparar con la película de Rob Marshall que tuvo presupuesto de superproducción, una puesta en escena espectacular y un reparto de “superestrellas” (Catherine Zeta-Jones, Renée Zellweger, Richard Gere) y… también toda la postproducción que creyesen necesaria. Me gusta mucho esa cinta, pero la música y la interpretación en directo tienen una cercanía y una capacidad de emocionar muy distintas a las del cine.

Incluso aunque no sea técnicamente brillante, merece la pena, sin embargo, yo no podría haberme permitido las 60£ de la entrada. Tendré que esperar un premio de lotería si algún día quiero ver “El fantasma de la ópera” o “Los Miserables”…