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El espía de los once mil metros

Siguiendo con la temática aeronáutica, me gustaría comentar una web que tiene un efecto casi hipnótico sobre mi atención: http://www.flightradar24.com/

En ella es posible consultar la posición en tiempo real de miles de aeronaves por todo el mundo. Su interfaz utiliza el servicio de mapas de google y un icono para cada avión en el espacio áereo. Al seleccionar uno de estos iconos, se representa la trayectoria seguida y se despliega una columna lateral con información asociada. Por ejemplo, si es un vuelo comercial de pasajeros veremos la procedencia y el destino, el modelo, una fotografía si está disponible, su velocidad y altitud actuales… Además, es posible localizar vuelos con el código  identificativo habitual compañía-numeración.

¿Y de dónde salen estos datos? ¿Los están robando de algún organismo de seguridad internacional? En absoluto, flightradar24 utiliza una base de datos construida a partir de las aportaciones de más de 500 radares ADS-B repartidos por el globo. Muchos de los aviones que circulan en la actualidad están equipados con un emisor de ese tipo señal que difunde los datos que antes comentaba de manera abierta, de modo que cualquiera con el equipo apropiado (aeropuertos, aeródromos, otros aviones) puede capturarla. Los propietarios de los radares ceden las lecturas de manera gratuita para su publicación en esta web. Para la cobertura en Norteamérica, utilizan la información proporcionada por la FAA (Federal Aviation Administration) que tiene un retraso de algunos minutos por motivos de seguridad.

Esta era la situación en torno al canal de la mancha hace un momento.

Atascos en Londres. ¡Y eso que es domingo por la mañana!

Este verano he consultado la web un par de veces para comprobar si algunos pasajeros que debía recoger en el aeropuerto cumplían el horario previsto. Como decía al principio, siempre me quedo algunos minutos observando ese “cielo virtual” y curioseando los trayectos de algunos vuelos.

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La fuerza del pincel

Entrar un sábado a las 17.30 a la National Gallery de Londres no es muy buena idea. Seleccionar un pequeño grupo de salas que visitar en la media hora restante hasta el cierre es una obligación. Pero al atravesar las habitaciones que conducen hasta las elegidas es inevitable sentir un dolor extraño, como al pasar de largo ante viejos amigos sin detenerte a saludarlos afectuosamente o al perder sin remedio la posibilidad de conocer a otros nuevos.

Esto pensaba al iniciar mi última visita cuando de repente sentí cierto desasosiego y nerviosismo y sin querer me precipité de una habitación a otra. Canaletto, retratos ingleses, Guido Reni y Caravaggio, Constable y Turner. Todo merecía más atención de la que podía y conseguía prestarle. Sin embargo, al acceder al espacio dedicado a Van Gogh y Cézanne un óleo atrajo mi mirada y, golpeando mis sentidos, detuvo al fin mi alocada carrera.

wheatfield

Hay una fuerza misteriosa en las pinceladas de apariencia brusca del maestro holandés, en su dramatismo sinuoso, en el marcado contraste entre lo definido y lo difuso. Hay algo mágico en el colorido dinamismo expresivo y en la forma sorprendente de crear texturas. Me fijé una vez más en la composición, en el tratamiento de cada uno de los elementos y lo asombrosa que resulta la diferencia entre el aspecto local de cada zona del cuadro y el resultado global.
Al autor también debió de gustarle este paisaje porque es copia de otra que él mismo había pintado un poco antes ese año y que se conserva en el Metropolitan de Nueva York.

Menos de un año después de plasmar este “Campo de trigo con cipreses” cercano a Saint-Rémy, Van Gogh se adentraba en otro no muy lejos de París que le resultaría mucho más letal: en él se pegaría el tiro que acabaría con su vida.
Y es que los genios también son hombres.

Chicago en el Cambridge Theatre

Una de las actividades “programadas” en el viaje a Londres del pasado puente era asistir a un musical. En realidad, lo que estaba programado era que en un determinado momento del sábado nos acercaríamos al puesto de “tkts” de Leicester Square e investigaríamos si ofertaban alguna entrada que mereciera la pena.

Después de preguntarnos por qué hay tantos locales de venta de entradas a precio reducido en torno a la plaza (sólo en Charing Cross Road hay varios) y preguntar en uno de ellos, retornamos a nuestra idea original y adquirimos en “tkts” cuatro localidades de primer piso (dress circle) que aunque separadas en dos parejas, se encontraban bastante centradas en segunda y tercera fila. El precio tampoco estuvo mal, 32£ en lugar de su precio habitual de unas 60. El musical, Chicago.

Chicago

La escenografía era bastante sencilla: un sólo decorado en forma de grada donde estaban los instrumentistas y el director, algunas partes móviles y poco atrezzo (un par de sillas, algunas armas). Los intérpretes buenos, aunque ninguno destacaba especialmente ni como actor ni como cantante (quizá el marido de Roxie y su “Mr. Cellophane”). A pesar de esto el resultado global es un musical muy entretenido. Las canciones, las coreografías, la forma de llevar a cabo las escenas, el director de orquesta saltarín…

Es inevitable comparar con la película de Rob Marshall que tuvo presupuesto de superproducción, una puesta en escena espectacular y un reparto de “superestrellas” (Catherine Zeta-Jones, Renée Zellweger, Richard Gere) y… también toda la postproducción que creyesen necesaria. Me gusta mucho esa cinta, pero la música y la interpretación en directo tienen una cercanía y una capacidad de emocionar muy distintas a las del cine.

Incluso aunque no sea técnicamente brillante, merece la pena, sin embargo, yo no podría haberme permitido las 60£ de la entrada. Tendré que esperar un premio de lotería si algún día quiero ver “El fantasma de la ópera” o “Los Miserables”…

La chica que vivía atrapada en el medidor de maletas demasiado pequeño

Acabo de volver de una escapada de puente a Londres. Hay varios temas sobre los que me gustaría escribir (tarde o temprano lo haré), pero no quería dejar pasar más tiempo antes de homenajear a la señorita que asistió el embarque del vuelo EasyJet Málaga – Gatwick con el que llegué a la capital del Reino Unido.

Con sólo acercarnos al mostrador ya disparó:

– ¡Uy, uy, uy! Lleváis más de un bulto. Sólo se puede pasar con un bulto y esas maletas son muy grandes, veremos a ver si caben. ¡Venga a probarlas!

Nosotros nos quedamos un poco sorprendidos de los modos, pero nos dispusimos a reorganizar el espacio para ver si los bolsos de las chicas nos encajaban en el equipaje y a comprobar nuestras maletas en la estructura metálica que se supone tiene las medidas máximas. La primera no entró.

– ¡Claro! Si es que se está viendo, es demasiado grande. Tienes que facturarla. ¡La siguiente!

La siguiente cumplía claramente las medidas, pero era demasiado gruesa.

– Esa puede pasar, ¡pero te las apañas como sea, la maleta tiene que caber! ¡Y además el bolso o lo metes dentro o tú verás lo que haces, pero sólo puedes pasar con un bulto!

Mi amiga pensó en voz alta “Bueno, intentaré meter todo en la maleta y luego cuando entre ya veré si puedo sacar algo”. Preocupada sobretodo por una réflex digital nueva que prefería llevar con ella por seguridad.

– ¡¡¡De eso nada!!! Al avión entras con un bulto nada más. ¡Te voy a estar vigilando, ¿eh?!

Me pareció el colmo, pero aún hubo más. Las dos últimas maletas tampoco entraban en el “medidor”. Aunque el volumen del “contenedor” no sobrepasaba los límites, la estructura de ruedas, apoyos y asas impedía que entrara por completo. Infeliz de mí, se me ocurrió sugerir:

– Voy a probar a meter primero un lado y luego el otro para que no se atasquen las ruedas.

– ¡No, no, no! ¡Si no cabe, no cabe! ¡Es que si haces eso entra cualquier cosa!

– Mujer, cualquier cosa, cualquier cosa… no. – se me ocurrió replicar, supongo que por la tensión del momento.

– ¡Uy! Es que tu no sabes la de gente que he visto yo, venga a empujar y a empujar. ¡Intentan meter cualquier cosa!

De acuerdo, al final pasamos por el aro. No queríamos problemas, nos íbamos de fin de semana. Queríamos pasarlo bien y supongo que siempre se tiene un poco de miedo de que te dejen en tierra.

Me parece lamentable que EasyJet quiera hacer caja con el equipaje de mano, pero al fin y al cabo, puedo entender que las normas son las normas y cuando compré los billetes, las acepté. Me quejaré por una vía oficial sirva de algo o no. Lo que me parece totalmente inadmisible es la chulería y la mala educación en el trato al cliente y como sé que en ese aspecto sólo me queda resignarme, sirva esta entrada de descargo.

Nota 1: a la vuelta, la mayoría de los pasajeros incumplían de un modo u otro las restricciones en el equipaje de mano, así que no les quedó más remedio que hacer la vista gorda. De nuestras maletas, sólo pidieron comprobar, la que en Málaga “claramente no cabía” y que una vez reorganizada era la única que entraba como un guante.

Nota 2: Londres es Londres y el mal rato que nos hizo pasar la encargada del embarque no me duró más de quince minutos. Como dije, me gustaría escribir pronto sobre puntos algo menos negativos…

Nota 3: Si algún compañero, jefe o subalterno de esta chica lee este post, tome como sugerencia dejar una barrita de All-Bran cada mañana en su mesa, taquilla o casillero.